jueves, 28 de septiembre de 2017

A propósito de la muerte de Hugh Hefner

Ha muerto a sus 91 años Hugh Marston Hefner, más conocido como Hugh Hefner, fundador de la revista pornográfica Playboy. Para estos momentos ya habrá dado cuenta ante el Creador sobre lo hecho en vida. Una oración por su alma.

Hefner pasó más de medio siglo lucrándose de la lujuria humana, vendiendo el cuerpo de mujeres atraídas por el dinero y de dudosa moralidad. Creó un imperio económico con su vulgar 'negocio' y seguramente llevó la impureza a miles de almas, millones de almas. De eso seguramente dará cuenta también.

No queda más por decir, su 'gloria' temporal ya ha culminado, Dios en su infinita paciencia le concedió 91 años de "gozo" terreno, que al parecer fue el único que le interesó a este señor. ¿Vale la pena gozar 91 años y poner en peligro una eternidad? Parece a todas luces un muy mal negocio.

¡Sic transit gloria mundi! Así acaban las glorias del mundo.


Leonardo Rodríguez


martes, 26 de septiembre de 2017

Centralidad de la vida de oración

Respecto de la importancia suprema de cultivar una sólida vida sacramental y de oración ya está todo dicho, bastaría revisar algún escrito de un santo cualquiera para convencerse de esta enorme verdad: SIN ORACIÓN NADA SOMOS, porque la oración nos une a Dios y sin Dios NADA PODEMOS HACER. Lo ha dicho Él.

Lo anterior conviene recalcarlo porque, en medio de estas batallas culturales que nos toca hoy presenciar, en ocasiones tendemos a olvidarlo y a poner nuestra confianza en nuestras propias fuerzas, habilidades y recursos. Caemos de esa forma en una especie de naturalismo "católico", es decir, somos tentados con el pensamiento de que bastan nuestras propias fuerzas, nuestra habilidad con las ideas, con los libros, con la palabra, para hacer frente con éxito al tsunami de liberalismo devenido ya en nihilismo relativista o relativismo nihilista. Y no hay peor error que creer que sin Dios es posible la victoria.

Por el contrario, cultivar con seriedad una vida de oración es INDISPENSABLE para el éxito del apostolado que estemos realizando, sea este un apostolado de la caridad, de la prensa, de las conversiones individuales, de la arena política, cultural, etc. En todo apostolado realmente católico el motor ha de ser siempre la oración, la unión con Dios y la vida sacramental. No hay otro camino.

Jn: 15,5   Ego sum vitis, vos palmites: qui manet in me, et ego in eo, hic fert fructum multum, quia sine me nihil potestis facere.

Lo ha dicho Él y no hay razón para creer que dicha sentencia admita excepciones.

Leonardo Rodríguez


jueves, 14 de septiembre de 2017

La tentación del cansancio

¡Qué cómodo sería dejarse llevar! Esa sensación en extremos agradable  y relajante que se tiene cuando nos tumbamos a placer sobre las aguas del mar o de una piscina y permitimos que el movimiento del agua nos lleve de un lado a otro, sin oponer resistencia, como dormidos... como muertos.

Muchas veces hemos sentido la tentación del cansancio en medio de la resistencia cultural que nos ha correspondido vivir en los tiempos que corren (o que corroen, ya no se sabe).  Ganas de abandonar las trincheras y unirnos jubilosos a las caravanas 'divinizadas' de hombres y mujeres 'democráticos' que parecen disfrutar tanto de los frutos del 'progreso indefinido' prometido por sus abuelos revolucionarios. En verdad que vistos desde lejos parecen vivir en un éxtasis continuo provocado por el gozo de su 'libertad' plena, 'omnipotente', 'divina'.

Se ve a diario en las noticias, en las calles, en las escuelas, en las universidades, en los parlamentos, por todos lados; brilla espléndido el triunfo del hombre que se ha hecho consciente de su 'poderío', de su 'madurez' racional. Sus discursos altivos lo revelan, su desprecio hacia Dios le garantiza (eso cree) su 'status' de divinidad. La persecución contra los creyentes que aún quedan le confirma lo ilimitado de su dominio. Las leyes que a diario aprueba le dicen claramente que él es el 'rey'.

Ya no hay dioses en el cielo, ni cielo siquiera. Se ha establecido el paraíso en la tierra y si aún no tiene la apariencia de tal es solo cuestión de tiempo, algunos detalles acabarán por ubicarse en su puesto correcto de forma inevitable. Así lo establece la 'ley' del progreso indefinido. Y de paso ahí está EEUU como garante de que así será.   

En medio de tal euforia triunfal del hombre 'divino', ¿qué sentido tiene continuar batallando contra lo que al parecer es ya inevitable? ¿Para qué seguir oponiendo resistencia a un movimiento imparable, irresistible? ¿Sirve de algo?

Esta pregunta debe hacérsela de manera personal cada uno de nosotros. De su respuesta depende el sentido que demos a este empeño.

De parte nuestra la respuesta es clara, ¿que si sirve de algo? ¡Sí! Sirve de testimonio, y hay épocas donde el valor de un testimonio es inestimable. Fácil sería unirse a los aparentemente vencedores (y digo aparentemente porque siendo Dios el señor del tiempo y de la historia, en últimas toda victoria le pertenece), pero nadie ha dicho que lo fácil sea siempre lo correcto. Más bien sucede al contrario, lo correcto suele costar, su conquista suele ser sufrida, alcanzarlo viene acompañado casi siempre de golpes, caídas y derrotas... aparentes.

Y no es solo gusto por llevar la contraria, como adolescentes. No. Es más bien una pasión por la verdad, que no es otra cosa que la realidad en cuanto alcanzada por el intelecto humano o recibida por divina revelación. En ambos casos la consecuencia es la misma: necesidad imperiosa de ser fiel. Y no es una necesidad impuesta, externa, superficial. Es más bien un vínculo fuerte con nuestro más íntimo núcleo personal, un llamado que nos define y nos condiciona. Es verdaderamente una condición existencial que hemos asumido.

¿Tentación de cansancio? ¡Sí! Y pedimos a Dios a diario nos libre de ella o nos de fuerza para resistirla. Dios es fiel y escucha nuestra oración.

Las generaciones venideras seguramente agradecerán a quienes hoy resistimos y custodiamos un bien que gracias a ello les pudo ser transmitido fielmente. En sus rostros plenos de gratitud alcanzamos a ver desde aquí la justificación de nuestra batalla. En sus rostros y en la sonrisa de Dios.


Leonardo Rodríguez