jueves, 14 de septiembre de 2017

La tentación del cansancio

¡Qué cómodo sería dejarse llevar! Esa sensación en extremos agradable  y relajante que se tiene cuando nos tumbamos a placer sobre las aguas del mar o de una piscina y permitimos que el movimiento del agua nos lleve de un lado a otro, sin oponer resistencia, como dormidos... como muertos.

Muchas veces hemos sentido la tentación del cansancio en medio de la resistencia cultural que nos ha correspondido vivir en los tiempos que corren (o que corroen, ya no se sabe).  Ganas de abandonar las trincheras y unirnos jubilosos a las caravanas 'divinizadas' de hombres y mujeres 'democráticos' que parecen disfrutar tanto de los frutos del 'progreso indefinido' prometido por sus abuelos revolucionarios. En verdad que vistos desde lejos parecen vivir en un éxtasis continuo provocado por el gozo de su 'libertad' plena, 'omnipotente', 'divina'.

Se ve a diario en las noticias, en las calles, en las escuelas, en las universidades, en los parlamentos, por todos lados; brilla espléndido el triunfo del hombre que se ha hecho consciente de su 'poderío', de su 'madurez' racional. Sus discursos altivos lo revelan, su desprecio hacia Dios le garantiza (eso cree) su 'status' de divinidad. La persecución contra los creyentes que aún quedan le confirma lo ilimitado de su dominio. Las leyes que a diario aprueba le dicen claramente que él es el 'rey'.

Ya no hay dioses en el cielo, ni cielo siquiera. Se ha establecido el paraíso en la tierra y si aún no tiene la apariencia de tal es solo cuestión de tiempo, algunos detalles acabarán por ubicarse en su puesto correcto de forma inevitable. Así lo establece la 'ley' del progreso indefinido. Y de paso ahí está EEUU como garante de que así será.   

En medio de tal euforia triunfal del hombre 'divino', ¿qué sentido tiene continuar batallando contra lo que al parecer es ya inevitable? ¿Para qué seguir oponiendo resistencia a un movimiento imparable, irresistible? ¿Sirve de algo?

Esta pregunta debe hacérsela de manera personal cada uno de nosotros. De su respuesta depende el sentido que demos a este empeño.

De parte nuestra la respuesta es clara, ¿que si sirve de algo? ¡Sí! Sirve de testimonio, y hay épocas donde el valor de un testimonio es inestimable. Fácil sería unirse a los aparentemente vencedores (y digo aparentemente porque siendo Dios el señor del tiempo y de la historia, en últimas toda victoria le pertenece), pero nadie ha dicho que lo fácil sea siempre lo correcto. Más bien sucede al contrario, lo correcto suele costar, su conquista suele ser sufrida, alcanzarlo viene acompañado casi siempre de golpes, caídas y derrotas... aparentes.

Y no es solo gusto por llevar la contraria, como adolescentes. No. Es más bien una pasión por la verdad, que no es otra cosa que la realidad en cuanto alcanzada por el intelecto humano o recibida por divina revelación. En ambos casos la consecuencia es la misma: necesidad imperiosa de ser fiel. Y no es una necesidad impuesta, externa, superficial. Es más bien un vínculo fuerte con nuestro más íntimo núcleo personal, un llamado que nos define y nos condiciona. Es verdaderamente una condición existencial que hemos asumido.

¿Tentación de cansancio? ¡Sí! Y pedimos a Dios a diario nos libre de ella o nos de fuerza para resistirla. Dios es fiel y escucha nuestra oración.

Las generaciones venideras seguramente agradecerán a quienes hoy resistimos y custodiamos un bien que gracias a ello les pudo ser transmitido fielmente. En sus rostros plenos de gratitud alcanzamos a ver desde aquí la justificación de nuestra batalla. En sus rostros y en la sonrisa de Dios.


Leonardo Rodríguez


martes, 12 de septiembre de 2017

Las cuatro notas de la verdadera iglesia de Cristo, la Iglesia católica.

¿Cómo mostrar fácilmente que la iglesia católica es la única y verdadera iglesia de Cristo? En realidad no es fácil, pues requiere de un cierto estudio de los temas de la apologética. Pero tampoco es tarea imposible. Por ejemplo, uno de los modos tradicionales para hablar de este tema con los miembros de las sectas protestantes es la enumeración y explicación de las cuatro (4) notas o características esenciales que debe tener la iglesia de Cristo. Para luego mostrar cómo esas cuatro notas solo la iglesia católica las tiene.

¿Cuáles son esas notas? Son las siguientes: la iglesia que sea la verdadera iglesia de Cristo debe ser UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA.


UNA:

Evidentemente la iglesia de Cristo debe ser una sola, puesto que si fueran dos o tres enseñarían cosas distintas y contradictorias. Y de esa forma alguna estaría equivocada puesto que dos cosas contrarias no pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Además debe ser UNA en el sentido de tener UNIDAD, sus miembros deben profesar todos la misma doctrina, obedecer a las mismas autoridades, estar unidos en el modo de orar y en la forma de rendir culto.

En efecto no podría ser verdaderamente UNA si sus miembros creyeran cosas distintas los unos de los otros, o hubieran muchas autoridades o modos de oración y de culto distinto.


SANTA:

La verdadera iglesia de Cristo debe ser santa porque está llamada a santificar a los hombres. Lo cual no significa que todos sus miembros deban ser santos efectivamente, puesto que los hombres son libres y no todos guardan la fidelidad a sus compromisos. Pero sí es cierto que la iglesia debe ser capaz en todos momento de santificar a los hombres y de dar ejemplos reales y concretos de santidad entre sus miembros.


CATÓLICA:

En griego la palabra universal se dice "católica", y la verdadera iglesia de Cristo debe ser universal puesto que está llamada a llevar el mensaje de Cristo a los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares. No es posible que sea  iglesia de Cristo una agrupación que está limitada a un país o a alguna época específica.


APOSTÓLICA:

La verdadera iglesia de Cristo debe ser apostólica, es decir, debe descender directamente de los apóstoles, que fueron las columnas sobre las cuales Cristo instituyó su iglesia. Una iglesia que no tenga vínculo de sucesión con los apóstoles porque apareció 1500, 1600, 1700, 1800, 1900 o 2000 años después de la muerte de los apóstoles ES ABSOLUTAMENTE IMPOSIBLE QUE SEA LA IGLESIA DE CRISTO.

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Esas son las cuatro notas de la iglesia. Y a poco que se reflexione es muy fácil demostrar que SOLO LA IGLESIA CATÓLICA CUMPLE CABALMENTE CON ESAS CUATRO NOTAS.

Solo la iglesia católica es una, una fe, un bautismo, un credo, una liturgia, un papa en unión con sus obispos y presbíteros, sin cambios a lo largo de los siglos. Las sectas protestantes se han multiplicado al infinito con el paso del tiempo y cada día aparecen más y más sectas de garaje que se proclaman absurdamente ser la iglesia de Dios.

Solo la iglesia católica es santa, porque santo es su fundador, santos sus sacramentos, su liturgia, su doctrina y su moral. La prueba está en las innumerables vidas de santos que ha tenido a lo largo de los siglos, bastaría revisar la biografía de un san Francisco de Asís o una santa Teresa de Jesús.

Solo la iglesia católica es universal, ha atravesado todas las épocas y ha llevado su evangelización a todos los lugares del mundo. Las sectas protestantes son de ayer y están limitadas a ciertos países.

Solo la iglesia católica es apostólica, en efecto solo ella puede demostrar históricamente que desciende de forma directa de los apóstoles, mediante el rito de imposición de manos y la consiguiente transmisión de la autoridad y el sacerdocio. Transmisión que ha sido ininterrumpida en veinte siglos.

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La anterior es una revisión rápida del tema, pero el lector puede perfectamente dedicarle un tiempo a reflexionar sobre cada nota e ir viendo cómo efectivamente a las sectas protestantes les faltan esas notas esenciales y por tanto no pueden ni de lejos proclamarse iglesias cristianas.

Es un ejercicio interesante ir repasando una por una y ver la manera en que cada una de ellas se cumple en el catolicismo y falta en el protestantismo sectario.


Leonardo Rodríguez


sábado, 2 de septiembre de 2017

¿Funcionan las pruebas de la existencia de Dios?

En un nivel especulativo las pruebas clásicas de la existencia de Dios, por ejemplo las famosas cinco vías de Tomás de Aquino, funcionan a la perfeción, aun teniendo en cuenta los ataques de Hume y de Kant a los presupuestos filosóficos elementales de dichas pruebas, a saber, la doctrina de la causalidad, su validez global y trascendental. Dichos ataques han recibido cumplida respuesta de los intelectuales católicos de distintas épocas, contemporáneos incluidos, y no se pueden considerar hoy un obstáculo a la validez de dichas argumentaciones. A no ser que se desconozcan, como suele ocurrir, las respuestas que se han dado desde el campo católico a los epígonos de Hume y de Kant.

También cabe mencionar aquí el cientismo o cientificismo, entendido como doctrina pseudofilosófica según la cual solo las ciencias del tipo de la biología, la química y la física, alcanzan conocimientos verdaderos; o peor aún, que solo lo alcanzado en esas ciencias puede ser considerado verdadero. Este 'cientismo' ha sido puesto también por muchos como un obstáculo a la legitimidad de las pruebas de la existencia de Dios, en tanto que estas son de naturaleza filosófica, más especialmente metafísica, y en cuanto tales se alejarían del paradigma del "método científico", quedando por lo tanto vacías de toda significación para o contacto con el mundo real.

Este prejuicio cientista también ha recibido respuesta de parte de la intelectualidad católica, basta ver los escritos de un Edward Feser, por ejemplo, para ver de qué manera desde la filosofía clásica es posible desnudar las falencias del cientismo, haciendo ver cómo sus invectivas contra la "metafísica" no son en el fondo sino resultado de una pésima filosofía de la ciencia y una aún más pésima metafísica general.

De tal manera que, volviendo a la pregunta que encabeza este artículo, no se trata de que las pruebas de la existencia de Dios no funcionen, sino que más bien hay que decir que requieren un trabajo previo de "purificación", asumir la tarea de responder a las dificultades surgidas de los planteamientos de Hume y Kant en el terreno de la causalidad, y asumir igualmente la tarea de desnudar los prejuicios cientistas. 

Pero aún eso no es todo. Hecho lo anterior hay que comprometerse con un estudio juicioso de las bases filosóficas que hacen posible la comprensión de los argumentos implicados en la demostración como tal, puesto que la argumentación que concluye en la existencia de Dios es tal que se construye a modo de edificio con unos pisos apoyándose en los inmediatamente anteriores, y faltando estos todo se vendría abajo. De igual manera faltando la comprensión de los presupuestos de la demostración, la fuerza misma de la conclusión se vería comprometida y se estaría en la tentación de terminar creyendo que finalmente las pruebas no funcionan.

Por eso decimos aquí que se requiere un trabajo juicioso, tiempo y disciplina de lectura, reflexión y análisis. Solo así es posible llegar con seguridad a concluir que "por tanto... Dios existe".

Si muchos se quedan en el camino o llegan a una conclusión distinta, no es por falta de validez en los argumentos, sino o porque no lograron resolver con eficacia las objeciones contra la causalidad o aquellas provenientes del cientismo; o porque no asumieron el compromiso de realizar el camino completo, exigente y arduo, requerido para llegar a puerto.

Los humanos somos amigos de las soluciones rápidas, y muchas veces al no existir un camino fácil preferimos desistir o afirmar que no hay camino, ni puerto. Y culpamos de ello a los argumentos mismos, cuando en verdad nunca nos acercamos a ellos con la seriedad que reclaman. Las verdades filosóficas solo se abren para aquellos que saben esperar.

De manera que si estamos interesados en la demostración de la existencia de Dios, seamos conscientes de lo exigente que es, no busquemos soluciones rápidas, asumamos el reto. La recompensa es grande, la más grande.


Leonardo Rodríguez.


jueves, 31 de agosto de 2017

Érase una vez la educación...

Hubo un  tiempo en que se creía que la razón de ser de la educación era propender por la formación integral de las personas, es decir, se creía que educar no era ni sola ni principalmente un proceso de transmisión de conocimientos técnicos y especializados de las distintas ramas del saber (matemática, biología, literatura, geografía, ciencias sociales, etc.), sino que era ante todo un proceso encaminado a la formación de la persona en todas sus dimensiones, cognitiva, volitiva y emocional. Y lo anterior se conseguía principalmente por medio de la asimilación de comportamientos virtuosos que consolidaban en el carácter una armazón conductual que le garantizaba a la persona, en la medida en que ello es posible, una vida buena, útil socialmente, plena y de aspiraciones trascendentes.

Pero todo esto ya ha quedado muy atrás...

Hoy lo que vemos a nuestro alrededor como tendencia educativa cada vez más omnipresente es la implantación de un modelo "educativo" según el cual, en últimas, lo que importaría sería capacitar al educando en una serie de habilidades básicas de tipo académico (competencia numérica y competencia lectora y de escritura), con el fin de prepararlo directamente para exámenes en esas áreas que le garantizarían el ingreso a la educación universitaria, donde podrá escoger una profesión y estudiarla para luego ejercerla y de esa forma "garantizar su futuro".

Y no estamos diciendo aquí que los aspectos netamente académicos se descuidaban en el modelo clásico de la educación (entendiendo por tal el implantado en instituciones de origen y orientación católica), ya que como es fácilmente comprobable, dichas instituciones siempre sobresalieron por su nivel académico entre todas las existentes en cada país. Pero sí que ponían las cosas en su orden correcto y daban a lo académico el peso que le correspondía, para dar cabida a lo que consideraban lo esencial: la formación de la persona en la virtud.

¿Cuál es el resultado de que esto se haya dejado atrás? Creo que el resultado salta a la vista. Actualmente es cierto que las personas que egresan de los colegios y de las universidades tienen unos conocimientos notables (aunque no siempre) en las distintas ciencias y disciplinas que existen hoy, pero al mismo tiempo egresan con muchas falencias a nivel humano, a nivel humanista, es decir, precisamente el nivel que los antiguos consideraban el más importante. Y es que ciertamente a fin de cuentas poco importa si eres un gran conocedor de la química si al mismo tiempo como persona eres un problema para ti mismo y para quienes te rodean.

Un reflejo aún más dramático de esto que estamos diciendo es la corrupción brutal que ha copado la clase política de nuestros países. Los políticos parecen personas respetables hasta el momento en que se les hacen públicas sus corrupciones, excesos y deshonestidades. Esta corrupción se da en ellos al lado de muchos pergaminos académicos, muchos de ellos se han educado en las más prestigiosas universidades del mundo y exhiben títulos envidiables. Y aún con todo eso a nivel humano se quedaron analfabetas, y con el tiempo dicho analfabetismo se traduce en corrupción de mil tipos distintos.

Por lo tanto una cosa es la formación académica y otra distinta la formación humanista. Antes las dos iban de la mano, se les consideraba igualmente valiosas, con preferencia del lado humanista del procesos educativo. Incluso no era raro ver padres de familia que decían: prefiero un hijo honesto, aunque no saque las mejores notas en biología. Hoy estamos en un estado de cosas tal que no tarda en llegar el día en que muchos padres de familia reconozcan sin ruborizarse que prefieren un hijo adelantado en matemática que uno preocupado por "moralismos". Su 'instinto' de padres les dice que hoy vale más un 'vivo' que un 'mojigato'.

En ese orden de ideas no es extraño que a nuestro alrededor cada vez más se instale triunfante ese nuevo modelo educativo que reduce la educación a una especie de periodo de tiempo donde se les capacita en habilidades 'para el mundo laboral', al paso que la formación humana, en principios y virtudes, la formación humanista, etc., queda relegada al olvido. Un olvido que luego se traduce en tragedias individuales y sociales como resultado de la perversión de las costumbres.

A quienes de una u otra forma estamos en contacto con niños y adolescentes, nos cabe la responsabilidad de pugnar por que las ideas clásicas de la educación como proceso integral, no pierdan vigencia y permanezcan presentes iluminando la labor que con ellos se lleva a cabo. Porque me parece a mí que cuando esa luz se haya apagado por completo, no habrá forma (humana) de enderezar las familias y la sociedad, y lo que resultará será un caos tal de principios éticos que la convivencia será imposible y el Estado despótico será el único camino para controlar el hormiguero de voluntades desbocadas por la borrachera de los caprichos individuales.

¡Dios nos guarde!

Leonardo Rodríguez


miércoles, 30 de agosto de 2017

Oración y formación

La actual batalla cultural que se libra ante nuestros ojos requiere de ambas cosas: orar y estudiar. Siempre ha sido así, por lo menos dentro del catolicismo, que ha sido siempre amigo y aliado de la vida de la inteligencia.

Y es que en la actualidad ser católico es un riesgo por partida doble. De un lado está el hecho mismo, terrible y sublime, de tener que afrontar la tarea de la salvación personal. Tarea nada fácil, ni ahora, ni antes ni nunca, donde se lucha contra los tres enemigos que enumera el catecismo: el demonio, el mundo y la carne. Llevar adelante la lucha contra ese oscuro tridente es ya en sí mismo todo un proyecto de vida. Pero resulta que hoy además de ello el católico debe hacer frente a un ambiente cultural agresivo, hostil y perseguidor. Ambiente en el cual triunfan ideas radicalmente contrarias a la antropología católica en lo cultural, lo político, lo social y hasta lo económico. Entonces resulta que el católico debe llevar adelante la ya ardua tarea de su salvación en medio de una atmósfera ideológicamente putrefacta, por decir lo menos. Y ello es lo que hace que hoy ser católico sea un riesgo por partida doble.

Por ello mismo es que se requiere hoy quizá más que nunca que el católico sea consciente de la necesidad en que está de recurrir a esas dos armas que los buenos católicos de todos los tiempos han usado tan bien: la oración y la formación.

La oración es la elevación del alma hacia Dios para alabarlo, pedirle perdón por nuestras ingratitudes y socorro en nuestras necesidades. Es conversar con Dios como con un padre al que se recurre con amor y confianza porque se descansa en Él, se le ama y se espera de Él amor, protección y esperanza. De Dios viene todo bien, es la fuente de todo y es por tanto la causa de todo. Nada podemos sin Él, ni siquiera existiríamos a cada momento si no fuéramos a cada momento sostenidos en la existencia por su infinito poder y amor. Pensar en emprender la tarea de la salvación propia o de la lucha en la batalla cultural de nuestro tiempo sin su ayuda es un error fatal, sería como querer pelear desarmados, puesto que la fuerza y la victoria proceden de Él. 

Eso por un lado. Pero por otro resulta que Dios, como dicen los filósofos, gusta de actuar por medio de causas segundas, es decir, tiene instrumentos para intervenir a favor de sus criaturas, y uno de esos instrumentos evidentemente somos nosotros mismos, con nuestras capacidades y defectos. O en otras palabras, no responde al orden querido por Dios el sentarnos a esperar que a cada momento Dios intervenga milagrosamente en la historia humana, sino que debemos hacer uso de nuestras propias capacidades, que son don de Dios, para hacer nuestra parte y pelear nuestras propias peleas. Solo Dios salva, pero salva al que se esfuerza.

Ahora bien, la capacidad intelectual, la inteligencia, la razón, es, como todo, un don de Dios, y puede y debe servir como canal de la acción de Dios en el mundo, ¿cómo? Siendo fiel al ser, siendo fiel a lo real, al orden natural de las cosas, al orden de la creación. Eso significa no alterar lo real, no hacer intervenir el capricho personal o ideológico en la captación de las exigencia de lo real. En una palabra: no pretender fabricar lo real, sino reflejarlo con humildad.

Y en un mundo que ha perdido la noción de lo real, cambiándolo por el capricho individual o de masas, la tarea de la inteligencia ha de ser el permanecer fiel a esa voz de la realidad, conocerla, estudiarla y difundir una sana comprensión de las cosas.

De ahí la importancia de la formación. Hay que hacer nuestra parte y no pretender que Dios por nuestra oración esté obligado a intervenir a cada instante solucionando los líos que nosotros mismos provocamos. 

Pongamos un ejemplo: pensemos en una pequeña población a la que de repente un buen día comienzan a visitar "misioneros" de una secta protestante con la intención de hacer abandonar a todos la iglesia católica y unirse a ellos. ¿Conviene que los católicos de allí recen a Dios pidiendo libre a su comunidad de la influencia de aquella gente? ¡Claro que sí! ¿Pero solo eso? ¡Claro que no! Mal harían aquellas buenas gentes si solo se limitaran a pedir a Dios que los libre de las sectas, olvidando la obligación que tienen de estudiar la doctrina y hacer frente con argumentos sólidos a las falacias propagadas por los sectarios. Y no es que Dios no pueda protegerlos o no quiera hacerlo, lo que pasa es que Dios espera que hagamos nuestra parte usando los talentos que Él mismo nos ha dado. Entonces lo correcto sería que aquellos católicos rezaran a Dios, y al mismo tiempo iniciaran grupos de estudio para preparar a las personas para los ataques sectarios de los "misioneros" protestantes. Ahí sí Dios bendeciría aquél esfuerzo y seguramente alcanzarían la victoria sobre la tentación de apostasía.

Algo semejante ocurre hoy. La batalla cultural que actualmente se desarrolla es agresiva y luciferina en su raíz. Ante ella hay que oponer la fuerza de la oración, sí, pero también se le deben oponer cabezas formadas en las buenas ideas, en los principios filosóficos correctos, mentes capaces de argumentar, de desnudar las falacias de los ideólogos, de los charlatanes. Personas conocedoras de su fe, de la doctrina católica, y dispuestos a dar la batalla cultural. 

Oración y formación, los dos elementos indisociables de la batalla actual. El que no se sienta preparado para involucrarse en la batalla cultural que colabore rezando por los que sí. Y los que sientan la vocación de dar la pelea en el terreno de las ideas que lo hagan, apoyados siempre en una sólida vida de oración. Nunca lo uno sin lo otro, sino lo uno con lo otro y la protección de Dios se hará sentir.


Leonardo Rodríguez


sábado, 12 de agosto de 2017

Filosofía en el bachillerato

Hace solo unas pocas décadas, por lo menos en Colombia, se daba a los estudiantes de bachillerato una formación en filosofía que era de una notable solidez, si juzgamos a partir de los textos que usaban y que aún es posible encontrar en los mercados de libros 'viejos'. Esto comenzó a cambiar y hoy nos encontramos ante un panorama lamentable.

Ante todo hay que decir que la educación no se trata, como creen hoy nuestros flamantes 'políticos', de generar 'competencias' en lectoescritura, comprensión textual y matemática. Todo eso forma parte del proceso educativo, pero este va mucho más allá hasta abarcar la formación de una nueva persona, la formación de la personalidad. De esto ya hablamos hace poco y no vamos a repetirnos, hoy quisiéramos referirnos al rol de la filosofía en la formación de dicha personalidad del alumno.

La filosofía fue durante mucho tiempo la disciplina encargada de poner a pensar a los estudiantes, de ejercitar su sentido crítico y reflexivo, de llevarlos por la senda de la maduración del juicio. Y como esto se hacía comúnmente bajo la tutela de la iglesia a través de sus congregaciones religiosas con carisma educativo, como los jesuitas, dominicos y lasallistas, el proceso se conducía bajo la guía del tomismo, aunque muchas veces se tratara de un tomismo un tanto diluído, como es fácil de comprobar al ojear algunos textos a que hemos tenido acceso.

La formación en filosofía enfocada de esa forma daba a los bachilleres herramientas de juicio suficientes para manejarse con cierta soltura a través de los ires y venires de la vida que recién estaban comenzando; podían emitir juicios sobre las realidades más importantes: Dios, el hombre, el alma, la ética, etc.

Sin embargo todo esto comenzó a cambiar y poco a poco fue eliminada la filosofía tomista de los manuales escolares, reemplazándola por meras síntesis históricas que daban al estudiante una impresión de eclecticismo, como de autoservicio del pensamiento en que podía entrar y servirse lo que más le gustara. 

A día de hoy incluso esa perspectiva meramente histórica se deja de lado y se reemplaza por una materia gaseosa, superficial y en el fondo inútil. Ya los estudiantes no tienen acceso a esa formación que solo la filosofía podía dar (con perdón de las demás materias). ¿Y entonces a dónde van a buscar los adolescentes los criterios para los juicios que deben emitir y las decisiones que deben tomar? En los medios de comunicación, en los artistas de moda, en la opinión pública, en la 'farándula', o peor aún... en los "youtubers".

No es de extrañar entonces que los 'ismos' como el materialismo, el hedonismo, el nihilismo y el relativismo se hayan enseñoreado de las almas de los jóvenes y sea hoy tarea sumamente complicada educarlos convenientemente o por lo menos guiarlos con algo de acierto en medio de la selva social que deben enfrentar.

Y lo curioso de todo esto es que cuando a los adolescentes de hoy se les pone delante de esa herencia de pensamiento filosófico que ya no les es ofrecida en ninguna parte, se interesan, interrogan, preguntan, muestran deseo de recibir más de eso. Es algo que he tenido la oportunidad de vivir. La naturaleza no muere del todo y dado que la inteligencia está hecha para la verdad es normal que cuando se le pone delante de ella reacciones con ansia y gozo.

Bien harían los padres de familia en estar al tanto de la estructura de la materia de filosofía que reciben sus hijos. Pero dado que también los padres fueron educados en ese vacío fundamental, es de suponer que no les interesará el tema.

Rescatar lo que ha sido abandonado, transmitir lo que ha sido construido por nuestros mayores, he ahí un bello ideal.


Leonardo Rodríguez

jueves, 10 de agosto de 2017

Disculpas

Consciente de que hace poco más de un mes que no recibe actualizaciones este blog, ofrezco disculpas. A veces las ocupaciones no dejan el tiempo suficiente para dedicarlo a esta bonita tarea. Ojalá pudiera pasar más tiempo por estos lares, pero Dios irá diciendo. Por ahora prometo publicar pronto. Gracias por la paciencia.

viernes, 7 de julio de 2017

Un pésimo argumento contra el catolicismo

A la iglesia se le puede atacar de muchas maneras, tantas cuantas tesis teológicas y principios filosóficos componen su doctrina y su cosmovisión. Asimismo se puede argumentar contra sus enseñanzas morales en la medida en que se desprenden igualmente de principios metafísicos y antropológicos sujetos a crítica racional.

Por otra parte también pueden los oponentes del catolicismo recurrir a la historia y tratar de ver si el catolicismo ha sido perjudicial para la humanidad o si ha aportado elementos valiosos y positivos al ser humano y a la sociedad.

Todas estas formas han sido utilizadas por los anticatólicos de todos los tiempos y de todas las latitudes, y sus argumentaciones han sido cumplidamente respondidas por los católicos, pues nunca han faltado en la iglesia mentes lúcidas capaces de salir en defensa del honor de su madre ofendida. 

Cada época ha renovado los ataques y en cada época la iglesia ha ido asistiendo impávida al funeral de sus enemigos.

Ahora bien, de entre todas las formas posibles de atacar a la iglesia hay una que es particularmente mediocre, aquella que consiste en señalar los malos ejemplos morales de católicos que incumplen con sus deberes de tales.

Hoy son casi pan de cada día los escándalos morales de miembros del clero, desde los curas homosexuales, pederastas o con familia y una doble vida, pasando por los que se ven envueltos en líos de dinero y corrupción económica en general. De estos casos echan mano los anticatólicos para publicarlos con gran aspaviento y concluir que el catolicismo es dañino para la sociedad. Cada vez que algún miembro del clero es sorprendido en alguna conducta inmoral, los enemigos de siempre se lanzan sobre el caso como verdaderas aves de rapiña, con perdón de las aves, y casi con placer pregonan triunfantes la supuesta 'maldad' de la iglesia.

Varias cosas pasan por alto estos personajes:

1) Que malos miembros hay en todas las instituciones, miembros que incumplen los principios de dicha institución y van en contravía de sus enseñanzas. Según esto habría que condenar a todas las instituciones habidas y por haber.

2) Que precisamente los miembros que se alejan del catolicismo en su conducta NO LO REPRESENTAN, es obvio. Y si no lo representan, ¿cómo es que son usados para criticar al catolicismo?

3)  Que así como hay personajes inmorales dentro de la iglesia también hay santos, bastaría con tomar cualquier libro de vidas de santos para conocer un poco de la vida maravillosa que han llevado miles y miles de mujeres, niños, adultos, y ancianos. ¿Por qué se ignoran esos casos y se exaltan los malos? La respuesta es clara: hay una intención de hacer daño, más allá de un interés por la objetividad.

4) Que por este camino la mayoría de las veces lo que dejan claro es su incapacidad para argumentar contra el catolicismo de una forma más elevada. Por lo general el anticatólico culto no recurre a esas estratagemas "argumentativas", sino que se enfoca en aspectos de hondo calado teológico o filosófico. Pero ese es un camino para pocos, pues requiere estudio y disciplina.


En fin...

La mediocridad hoy se posesiona hasta de la forma de atacar al catolicismo. Ante los anticatólicos de hoy uno siente casi que nostalgia por los de ayer, tenían más nivel.


Leonardo Rodríguez


jueves, 6 de julio de 2017

Los tolerantes

La tolerancia es una de esas palabras que arrastran tras de sí un prestigio tan grande, que poco importa que no se sepa su significado, pues basta con el impacto emocional que provoca para garantizar el éxito de todo discurso que apele a ella para ganar adeptos. Y por otro lado basta también con acusar a nuestro contrincante de 'intolerante' para, sin necesidad de argumentar, asegurar nuestra victoria por medio del recurso a las pasiones del auditorio.

Así las cosas la 'tolerancia' viene a ser algo así como un diploma de racionalidad, de madurez, de sentido común y modernidad. Todo aquél que se proclame tolerante será visto de inmediato con buenos ojos y ganará aceptación y audiencia. Y por el contrario, todo aquél que deba cargar sobre sus espaldas con la acusación de intolerancia, deberá resignarse al aislamiento social, a la burla, al insulto, al desprecio y al ostracismo. Tal es la fuerza de la carga emocional que algunas palabras tienen hoy día.

Pero, ¿qué es la tolerancia? Para los modernos la tolerancia es la virtud suprema, la suprema garantía de cordura, madurez y racionalidad. Sin ella el hombre es poco menos que una bestia irracional, fanático, potencial psicópata y antisocial, merecedor del rechazo y la condena social. 

No obstante en este asunto como en otros hemos sufrido sin percatarnos de un proceso de desplazamiento semántico, es decir, un proceso de metamorfosis del significado de una palabra, de tal manera que, dejando la palabra materialmente igual, su sentido ha sido transformado para significar lo que nunca significó.

Porque lo cierto es que la tolerancia no es ni mucho menos una virtud, algo bueno y que mejore o produzca de alguna manera un crecimiento del valor de una persona. Lo anterior porque la tolerancia es la permisión de un mal en vista de la conservación de un bien. Esto sucede cada vez que la eliminación de un mal podría producir al mismo tiempo la eliminación de un bien o su disminución considerable. Como cuando en el evangelio Jesús hablaba del dueño de la cosecha que manda dejar crecer la maleza junto con las plantas buenas, no vaya a ser que al arrancar la maleza se arranquen también algunas buenas yerbas. De manera que se reconoce que la maleza es algo malo, un mal, pero al mismo tiempo se permite que exista no en consideración a ella misma, sino en consideración y por el bienestar de las buenas semillas.

Eso es la tolerancia, no una virtud, sino un mecanismo de protección de un bien que no se quiere lastimar. En este orden de cosas el mal se reconoce como tal, las sociedades saben lo que está mal y lo condenan, PERO lo dejan subsistir en aquellos casos en los que eliminarlo afectaría un bien.

Un ejemplo sencillo de esto eran las antiguas 'casas de tolerancia' que las autoridades permitían instalarse a las afueras de los pueblos. Eran burdeles. Eran evidentemente un mal moral, y así eran vistas y reconocidas. Pero la autoridad no las reprimía sino que las regulaba y las ubicaba en un sitio específico. Obrando así a causa de que su total prohibición provocaría que dicha actividad se comenzara a realizar en la clandestinidad, lo que impediría que las autoridades mantuvieran el control.

Pero todo esto NADA tiene que ver con la tolerancia de los TOLERANTES modernos. La tolerancia moderna pretende que se llame bien al mal y mal al bien, pretende una COMPLETA TRANSFORMACIÓN DE LOS PRINCIPIOS Y DE LOS VALORES DE LA CULTURA OCCIDENTAL.

De manera que ya no se trata para los modernos de soportar un MAL con vista en la protección de un bien, sino de PROMOCIONAR, ALENTAR, FELICITAR, ANIMAR, PROTEGER, etc, conductas que son objetivamente males, obligando a todos a aceptar que el MAL no existe, y que lo importante es la glorificación de la 'libertad' individual.

Por ejemplo la conducta homosexual. Siempre han habido homosexuales, y se les toleraba, no se les perseguía a muerte ni mucho menos, AUNQUE SE RECONOCÍA QUE LA CONDUCTA HOMOSEXUAL ERA INTRÍNSECAMENTE MALA. Pero en vista de la conservación de la paz social y de la posibilidad de que dichas personas cambiaran su estilo de vida con el tiempo, SE LES TOLERABA.

Hoy los tolerantes han cambiado todo y le piden a la sociedad no solo la aceptación, en vista de algún bien, de la homosexualidad, sino que se pide, se exige y se lucha en todas partes por que la conducta homosexual sea vista como una entre tantas, todas igualmente aceptables, valiosas, buenas, etc.

La tolerancia moderna quiere llamar bien al mal y mal al bien.

Y digo que quiere llamar mal al bien porque en su afán de metamorfosis de los valores llegan al extremo de pedir (está sucediendo ya en muchas partes del mundo) la condenación de la doctrina católica por considerarla 'intolerante' y fuente de intolerancia. De manera que el bien quieren llamar mal y al mal bien. 

Por eso la tolerancia moderna de la que tanto nos hablan ya nada tiene que ver con el sentido original de la palabra tolerancia, esta ha sido secuestrada por un particular movimiento ideológico que busca la transformación de la sociedad en el paraíso del nihilismo relativista y hedonista.

Somos tolerantes en el sentido clásico del término. Pero imposible serlo en el sentido moderno, porque ello implica el abandono del orden real de las cosas, donde lo que es bueno es llamado bueno y lo que es malo, malo.

Y por si fuera poco, estos amigos de la moderna tolerancia desatan una persecución desmedida contra sus críticos, contra los defensores de la familia, de la vida, de la fe, etc. Pues paradójicamente los defensores de la 'tolerancia' terminan convirtiéndose en los más intolerantes de todos, no soportan ni el más mínimo atisbo de contradicción a sus ideas y planes sobre la sociedad. 

Por lo tanto tolerantes sí, pero tolerantes clásicos. 


Leonardo Rodríguez


martes, 4 de julio de 2017

El indiferentismo como mal de la inteligencia

Al hombre moderno lo aquejan varios males, espirituales y materiales. Los materiales son los más visibles (guerras, hambre, muerte, enfermedad, pobreza, y un largo etcétera), pero a pesar de ser los más visibles no son los más graves, si tenemos en cuenta que el espíritu es más valioso ontológicamente hablando que la carne.

Los más graves, en una mirada católica de la vida, son los males espirituales. Y digo que en una mirada católica de la vida porque en verdad solo la espiritualidad y la cosmovisión católica de la vida enseña al hombre que lo material es pasajero, que este mundo que tanto nos fascina acaba pronto con la muerte y atrás quedarán todas las vanidades por las que suspirábamos tontamente.

De manera que no es que lo material sea malo, como dirían los maniqueos de todo tiempo, sino que es pasajero y engañoso, y la verdadera tarea del hombre es el cultivo de su alma, medio único con el cual asegurar la verdadera salud del hombre.

Desde esta perspectiva los errores del espíritu cobran una importancia tremenda, porque se convierten en los errores más dañinos y más destructivos. Y dado que eso que llamamos espíritu viene siendo a fin de cuentas el conjunto de vida formado por la inteligencia y la voluntad, en su tendencia hacia la verdad y el bien respectivamente; los errores del espíritu vienen a ser las enfermedades que puedan aquejar a la inteligencia, es decir errores. Y las enfermedades que puedan aquejar a la voluntad, es decir vicios.

Ahora bien, errores que pueden afectar a la inteligencia hay por miles, dado que todo juicio errado acerca de la realidad es de cierta forma un mal de la inteligencia que está hecha para la comprensión de lo real. Como por ejemplo si alguien se equivocara al enunciar la capital de Alemania o la fórmula química del agua. Lo que pasa es que este tipo de errores, con todo y ser errores, no son tan graves que digamos ya que sus consecuencias son pequeñas y además son fácilmente reparables, se puede salir de ese error con solo repasar nuevamente la lección y estar un poco más atento a la próxima.

Pero hay algunos errores que podríamos llamar genéricos, que ya no se refieren a alguna verdad particular, sino que dan nacimiento a toda una cascada de errores que afectan a la vida del hombre, podríamos enumerar algunos como ejemplo: nominalismo, hedonismo, relativismo, escepticismo, agnosticismo, etc.

Pues bien, entre esos errores genéricos que afectan ya no a una verdad particular y nos hacen equivocarnos acerca de dicha verdad, sino que afectan a toda la visión del hombre sobre lo real, hay uno del que poco se habla actualmente: el indiferentismo.

El indiferentismo es fruto del relativismo, es como su consecuencia natural. Al igual que el relativismo también el indiferentismo nace de una debilidad de la inteligencia, que llega a ser incapaz de captar la verdad de las cosas, la realidad, y se hace entonces incapaz de poner cada cosa en su lugar. El indiferentismo es la actitud de aquellos a quienes todo les da lo mismo, todo les parece de igual valor, toda opinión les parece valiosa, toda iglesia les parece igual de aceptable, toda creencia es para ellos igualmente buena.

Se dice entonces que miran estas cosas con 'indiferencia', es decir, no diferencian entre opiniones, iglesias, credos religiosos, posturas, corrientes, idearios, etc. Ya que todo lo meten en un mismo saco y juzgan ser todo igualmente bueno, valioso y aceptable.

A primera vista parece una actitud madura y prudente. Ya que dado que nos equivocamos tan fácilmente pareciera que lo mejor es mantener una actitud de reserva y no comprometernos con ninguna postura por sobre las demás, quedando así a salvo de equivocaciones. El punto es que se trata de una moneda de dos caras, como toda moneda, y si por un lado evitan errores, también terminan evitando aciertos. En otras palabras, el indiferente o indiferentista se aleja del error con su actitud de no pronunciarse sobre nada con firmeza, pero al mismo tiempo se aleja de la verdad, que es la vida de la inteligencia.

El indiferentismo tiene varias fuentes o causas. Por un lado a nivel filosófico proviene de una mala comprensión de lo que es la inteligencia humana. Por lo general hay detrás un empirismo radical que no reconoce la especificidad de la inteligencia y la identifican con la actividad de los sentidos y en últimas del cerebro. Y por este camino se borra de su paisaje mental toda concepción de la inteligencia como facultad de conocimiento, quedando el individuo reducido a su actividad sensorial y cerebral en procura de la adaptación al medio y la supervivencia.

Por ese camino reduccionista y materialista está claro que no queda lugar para debates acerca de la verdad de esta o aquella doctrina religiosa, moral, teológica o filosófica. Todo eso quedará dejado al libre arbitrio de cada quien, al parecer individual, al capricho de cada persona o, en últimas, a lo que el gobierno permita o prohíba con sus leyes.

Por el lado de la voluntad hay también una debilidad a la hora de seguir el verdadero bien humano. Son voluntades doblegadas por los vicios, en especial vicios de la carne. Y una personalidad esclava de los vicios se hace ciega para la comprensión de las verdades abstractas, que son precisamente las de la ética, la filosofía, la teología, la religión, etc. De manera que entonces también por ese lado la persona pierde interés por esos debates y acaba tomando el camino fácil: todo vale lo mismo, todo da lo mismo.

Ese es el indiferentismo, una enfermedad de la inteligencia, fruto del relativismo y de los vicios.

Es uno de los males del hombre actual, produce un cierto cansancio de la inteligencia. Llega uno a encontrar personas tan atrapadas ya por el indiferentismo que la misma idea de sostener una conversación sobre temas 'polémicos' les aburre, les deja indiferentes. Están dedicados a 'vivir la vida', y los debates 'vacíos' se los dejan a los que se quieran interesar en esas cosas, ellos tienen cosas más 'importantes' que hacer.

¿Cuál es el antídoto contra el indiferentismo? El amor por la verdad, el estudio de las sanas doctrinas, la defensa de la inteligencia.

Si no tomamos esto en serio tarde o temprano, por cansancio o por contagio, podríamos terminar también nosotros haciendo parte de la masa de indiferentistas.


Leonardo Rodríguez

lunes, 3 de julio de 2017

El hombre mediocre. (Ernesto Hello)


“Al mediocre le agradan los escritores que no dicen ni sí ni no, sobre ningún tema, que nada afirman y que tratan con respeto todas las opiniones contradictorias.

Toda afirmación les parece insolente, pues excluye la proposición contraria. Pero si alguien es un poco amigo y un poco enemigo de todas las cosas, el mediocre lo considerará sabio y reservado, admirará su delicadeza de pensamiento y elogiará el talento de las transiciones y de los matices.

Para escapar a la censura de intolerante, hecha por el mediocre a todos los que piensan sólidamente, sería necesario refugiarse en la duda absoluta; y aún en tal caso, sería preciso no llamar a la duda por su nombre. Es necesario formularla en términos de opinión modesta, que reserva los derechos de la opinión opuesta, toma aires de decir alguna cosa y no dice nada. Es preciso añadir a cada frase una perífrasis azucarada: “parece que”, “osaría decir que”, “si es lícito expresarse así”.

Al activista de la mediocridad le queda al actuar una preocupación: es el miedo a comprometerse. Así, expresa algunos pensamientos robados a Perogrullo (”Monsieur de la Palisse”, en el original francés), con la reserva, la timidez y la prudencia de un hombre receloso de que sus palabras, por demás osadas, estremezcan al mundo.

Al juzgar un libro, la primera palabra de un hombre mediocre se refiere siempre a un pormenor, habitualmente un pormenor de estilo. “Está bien escrito”, dice él, cuando el estilo es corriente, incoloro, tímido. “Está mal escrito”, afirma él, cuando la vida circula en una obra, cuando el autor va creando para sí un lenguaje a medida que habla, cuando expresa sus pensamientos con ese desembarazo osado que es la franqueza de un escritor.

El mediocre detesta los libros que obligan a reflexionar. Le agradan los libros parecidos a todos los otros, los que se ajustan a sus hábitos, que no hacen romper su molde, que caben en su ambiente, que los conoce de memoria antes de haberlos leído, porque tales libros se parecen a todos los otros que él leyó desde que aprendió a leer.

El hombre mediocre dice que hay algo de bueno y de malo en todas las cosas, que es preciso no ser absoluto en su juicio, etc.

Si alguien afirma categóricamente la verdad, el mediocre lo acusará de exceso de confianza en sí mismo. Él, que tiene tanto orgullo, no sabe qué es el orgullo. Es modesto y orgulloso, dócil frente a Marx y rebelde contra la Iglesia. Su lema es el grito de Joab: “Soy audaz solamente contra Dios”.

El mediocre, en su temor de las cosas superiores, afirma amar ante todo el sentido común; sin embargo no sabe qué es el sentido común. Pues por esas palabras entiende la negación de todo cuanto es grande.

El hombre inteligente eleva su frente para admirar y para adorar; el mediocre eleva la frente para bromear; le parece ridículo todo lo que está encima de él, y el infinito le parece el vacío”.

jueves, 22 de junio de 2017

¿Grandeza o hinchazón?

Uno de mis libros favoritos es el 'Kempis agustiniano', que es una recopilación muy juiciosa de extractos de las obras del gran san Agustín de Hipona, hecha por Antonino Tonna-Barthet, sacerdote de la comunidad religiosa agustiniana, precisamente.

El autor de la compilación ha realizado un trabajo inmenso de selección y organización de pasajes agustinianos y los ha ordenado por temas, de manera que para cada aspecto de la vida espiritual ha seleccionado una serie de textos de san Agustín. Se convierte el libro entonces en un arsenal de ideas sobre la vida espiritual, convenientemente organizados para que el lector se alimente de esa fuente de sapiencia que fue la mente del gran doctor de Hipona.

Precisamente leyendo hace poco un capítulo titulado 'Falsa grandeza de la soberbia', me ha llamado la atención un pasaje en el cual el santo doctor afirma lo siguiente:

Hinchado por la soberbia, esta misma hinchazón le estorbaba para volver por la estrechura. Quien, en efecto, se hizo por nosotros camino, clama: Entrad por la puerta estrecha. Hace conatos para entrar, mas la hinchazón se lo impide; y cuanto más la hinchazón se lo impide, tanto más perjudiciales le resultan los esfuerzos. Porque, para un hinchado, la estrechura es un tormento, que contribuye a hincharle más; y si aún aumenta de volumen, ¿cómo ha de poder entrar? Tiene, pues, que deshincharse. ¿Cómo? Tomando el medicamento de la humildad; que beba esta pócima amarga, pero saludable, la pócima de la humillación. ¿Por qué tratar de encogerse? No se lo permite la masa; no grande, sino hinchada. Porque la magnitud o corpulencia es indicio de solidez, la hinchazón es inflamiento.


Como es evidente trata aquí el santo doctor acerca de la soberbia, y afirma que la soberbia no es grandeza sino hinchazón, es decir, estar lleno de nada, un cascarón vacío que parece grande porque está hinchado, como los globos de helio. Pero la soberbia es hinchazón sin verdadero peso, porque está vacía por dentro. Y dice el doctor que solo la verdadera grandeza tiene peso, incluso si no parece grande como la soberbia.

Según esto es mayor la grandeza de una humilde religiosa oculta al mundo que en algún hospital olvidado de África entrega su vida al cuidado de enfermos terminales, y muere desconocida de casi todos. Que la de algún soberbio empresario, exitoso en su mundo, conocido y admirado por todos, dueño de una gran fortuna y de muchos bienes, pero que ha olvidado la función de la riqueza y la razón de ser de su paso por este mundo. Lo uno es grandeza, lo otro es hinchazón. 

Y nos pasa a nosotros mismos, ¡cuántos de nosotros no somos grandes con grandeza de alma, sino hinchados de vacío!

Y como estamos hinchados de vacío, de viento, no somos pesados y nos mueven todos los vientos del mundo. Vamos tras las modas, queremos seguir las últimas opiniones para 'encajar', para no ser rechazados de los círculos 'sociales'. Nuestra hinchazón nos hace parecer grandes, pero no tenemos verdadero peso, no estamos firmes en la fe y en la verdad de las cosas, y engañados por nuestra aparente grandeza vamos dando tumbos de lado a lado, de aquí para allá según el ritmo de las ideologías de moda. Nuestros ideales son los del momento, los que nos digan los medios, los que nos marque la 'opinión pública'.

Esa es la diferencia entre hinchazón y grandeza. La grandeza ha de ser ante todo una grandeza del alma, por medio de la fe, la gracia y las virtudes. El resto es paja. Esa es la verdadera grandeza, la verdadera nobleza, la que nos permitirá permanecer de pie con nuestros principios intactos en medio de un mundo que cambia y se derrumba. Incluso un pensador colombiano, Nicolás Gómez Dávila, intuyó esto a la perfección cuando en una de sus frases inspiradas escribió: aristócrata es todo aquél que tiene vida interior, cualquiera sea su rango o su fortuna.

Esa es la aristocracia, la grandeza y la nobleza verdaderas, las que importan. El resto puede llegar o no, y si llega cuidémonos mucho de que no se convierta en hinchazón.

Leonardo Rodríguez


viernes, 9 de junio de 2017

Los librepensadores

Hace algunos días en medio de una conversación informal con uno de esos personajes devotos de las ideas de 'izquierda' (hoy se dividen en izquierda y derecha los partidarios de ideas que para un católico son sencillamente liberales todas), autodeclarado socialista, ateo, etc., se enorgullecía de ser un librepensador, al paso que los demás, todo el que no comulgara con sus ideas, tenían de una u otra forma cautivo su pensamiento, encadenado, impedido.

La expresión 'librepensador' se popularizó en los círculos revolucionarios del siglo XVIII y se consolidó durante el siglo XIX a causa de los triunfos que el liberalismo cosechó por todas partes y en todos los frentes de batalla: político, religioso, moral. En un principio significaba que el 'librepensador' era una persona que, libre de los errores de la teología y de la religión, ejercitaba su pensamiento con libertad y con ello haría avanzar inimaginablemente a las ciencias y a la sociedad en general. Era el mito del progreso indefinido, según el cual la humanidad entraba en una época de avances generalizados en la cual se lograrían grandes cuotas de felicidad para todos y de progreso ilimitado.

Detrás de ese discurso tan atractivo se escondía el deseo de liberarse de los frenos morales que la influencia del catolicismo había extendido en la sociedad. Porque a decir verdad nada en la doctrina católica se oponía al avance de las ciencias y de la técnica, ni una sola de las enseñanzas del catolicismo puede ser esgrimida como ejemplo de doctrina opuesta al progreso científico. Todo lo contrario, durante la Edad Media fue precisamente la iglesia la encargada de fundar innumerables universidades por todos los países europeos, universidades que aún hoy perviven y son de las más prestigiosas a nivel mundial. 

Y si revisamos a los grandes filósofos y teólogos medievales, como un santo Tomás de Aquino por ejemplo, encontraremos una devoción inquebrantable por el poder de la razón humana y un deseo de ciencia que es la marca específica de su huella en la historia.

Por lo tanto el discurso de los 'librepensadores' del XVIII no era sino fruto de un prejuicio hacia el universo católico, a la vez que una excusa para romper ciertos diques morales que les resultaban insoportables a los 'vanguardistas' de aquella época.

Pero obviamente nada de esto es conocido para el personaje 'izquierdista', 'socialista', 'ateo', 'librepensador', que mencionaba más arriba. Al él proclamarse librepensador quería decir sencillamente que pensar libremente, según él, es tener ideas de eso que hoy llaman izquierda. Todos los demás no piensan libremente, solo ellos.

Curiosa forma de definir lo que es el pensamiento libre, o el librepensamiento.

El pensamiento, entendido como ejercicio de la facultad intelectiva, como ejercicio de la inteligencia, es la actividad por medio de la cual conocemos la realidad, toda la realidad y a nosotros mismos como parte de lo real. De tal manera que cuando conocemos lo que las cosas son, estamos conociendo la verdad, puesto que verdad y realidad son desde cierto punto de vista una y la misma cosa: la verdad es la realidad en cuanto presente en la inteligencia en un juicio intelectivo del tipo 'S es P'.

Si esto es así, ¿qué viene siendo un pensamiento libre? La única forma de entender sanamente esa expresión es decir que el pensamiento libre es aquél que no encuentra obstáculos que le impidan la captación de lo real, de la verdad de lo real. De tal manera que entre mejores sean las condiciones para la captación de lo real, más libre se puede decir que sería ese pensamiento. 

Sin embargo, lo que vemos hoy en día es una tendencia a identificar el 'librepensamiento' con todo conjunto de ideas que se opongan a las propuestas antropológicas, morales, sociales o políticas que surgen de la cosmovisión católica de la vida. Así las cosas el solo hecho de oponerse a alguna de esas propuestas sería suficiente para graduar a alguien de 'librepensador'. Pero uno se pregunta de inmediato ¿y qué pasa si la cosmovisión católica de la vida, su antropología, su moral, sus tesis sociales y políticas, son las correctas? En dicho caso rechazarlas sería rechazar la realidad, la verdad de las cosas, y en ese caso no estaríamos ni por error ante un pensamiento libre, ya que hemos aclarado arriba que el pensamiento libre es el que mejor se amolda a la realidad.

Pero nada de esto le importa a nuestro ingenuo interlocutor, su preocupación no está en averiguar qué ideas son correctas y qué ideas no, cuáles se amoldan a lo real y cuáles no. Su preocupación está en ser un 'librepensaor', lo cual significa para él decir y opinar en todo contrariamente a lo que los pensadores católicos han pensado y opinado. Y eso es simplemente un prejuicio, un nudo en la razón, una ceguera voluntaria. Porque lo importante no es si esta o aquella idea la propone un pensador católico o no, sino si es cierta, es decir, si responde a la realidad de las cosas.

Nuestro moderno 'librepensador' nada de esto tiene en cuenta, nada de esto le interesa, él está cómodo en su burbuja de 'librepensamiento', y es un recluso que se cree libre, porque, como decía Gómez Dávila, se abstiene de palpar los muros de su calabozo.

Seamos librepensadores, pensemos la realidad sin ataduras, fieles a su voz que es la misma voz de su Hacedor. la voz de la realidad es la voz de Dios.


Leonardo Rodríguez



jueves, 8 de junio de 2017

El encanto de la masa

Es difícil sustraerse al placer y a la comodidad de ser aceptado. Los seres humanos, siendo seres sociales por naturaleza, queremos pertenecer a distintos grupos, desde la búsqueda de la aceptación de nuestra propia familia hasta la pertenencia a las diversas colectividades, grandes y pequeñas, que vamos encontrando a lo largo de nuestra vida. 

De manera especial esta tendencia se manifiesta a partir de la adolescencia con fuerza particular, y el adolescente siente entonces un deseo grande de ser recibido y aceptado dentro de su grupo de 'pares'. Incluso es tal la fuerza de esa tendencia que el adolescente puede ir en contra de las directrices de conducta recibidas en el hogar con tal de sentirse aceptado, de sentir que encaja en su grupo. Esta presión de grupo es la causa de buena parte de las problemáticas que aquejan a los jóvenes hoy, que asumen conductas de riesgo con tal de sentirse aceptados por sus 'pares'.

Pero no es ni mucho menos algo que ocurra en la adolescencia y quede atrás una vez alcanzada la edad adulta. También los adultos son muchas veces presa de esa tendencia a encajar en el grupo y modifican su comportamiento en función de ese objetivo. Aunque no solo su comportamiento, sino también sus ideas. O por decirlo de otra forma: puede el adulto asumir como propias ciertas ideas o cosmovisiones con tal de sentirse parte de un grupo, de encajar, de 'estar a la moda'.

Uno de los grupos más frecuentes a los que hoy se busca a toda costa pertenecer es el grupo de los 'modernos'. Más allá de los distintos significados que esa palabra pueda tener, lo cierto es que está rodeada de una especie de prestigio automático. De manera que el que logra ser considerado 'moderno' en su comportamiento o 'modernas' sus opiniones, tiene garantizada la aceptación social.

Todos buscan entonces la 'modernidad', el diploma de 'moderno', y huyen como de la peste de cualquier cosa que los pueda hacer ver como 'anticuados', 'antiguos', 'medievales', etc. 

Esto tiene, entre otros, el efecto de debilitar el ejercicio de la inteligencia, ya que muchas ideas y juicios de valor se asumen en forma acrítica, con el solo requisito de que se trate de algo que venga adornado con la etiqueta de 'moderno'. La inteligencia no entra en juego, sino que se limita a ser un espectador pasivo, impotente ante la fuerza de esa etiqueta 'todopoderosa'. Ya no se trata de saber si algo es verdad, sino si es moderno.

Y entonces se cae en la conducta de masa, que es precisamente aquél patrón de conducta caracterizado por el hecho de que la persona se diluye en el grupo, en la masa social, y busca identificarse con sus gustos, preferencias, ideas, actitudes, odios y amores. El individuo desaparece, se adormila la inteligencia, se atonta la voluntad y el resultado es algo muy parecido a un desfile de zombis. Ni más ni menos.

Se ve a diario en toda clase de contextos. Se ve al abordar temas 'polémicos', no hay profundidad en la argumentación sino solo una profusa utilización de etiquetas con las cuales se busca apabullar al otro, no intercambiar ideas. Se ve cuando ante ciertos temas como el aborto o el mal llamado matrimonio homosexual, quien se opone a ello es de inmediato objeto de una andanada de apelativos tales como fascista, nazi, integrista, extremista, homofóbico, etc. Son etiquetas efectistas, pero no conceptos que le hablen a la inteligencia y favorezcan el diálogo socrático, ni ningún tipo de diálogo a decir verdad.

¿Qué hacer? Es todo un universo el que hay que reconstruir. La tarea es amplia y hay que empezar por nosotros mismos, que no pocas veces caemos también en el pensamiento masificado, en la etiqueta fácil y en la renuncia a la elegancia del argumento.

Es todo un universo de ideas y de hábitos el que hay que reconstruir. Falta saber si tendremos el tiempo suficiente para al menos echar las bases sobre las cuales otros más idóneos que nosotros puedan edificar lo que la revolución lleva cinco siglos destruyendo.


Leonardo Rodríguez


miércoles, 7 de junio de 2017

A los jóvenes los pierde la ausencia de autoridad

¡Qué difícil resulta educar hoy día! Y no que antes fuera fácil, pero había un contexto, por decirlo de alguna manera, que favorecía la labor educativa. Con contexto nos referimos a ciertos hábitos familiares y culturales que daban cabida al ejercicio de la autoridad en los ámbitos educativos por excelencia: el hogar y la escuela. De eso hoy queda más bien poco, si es que algo queda.

Todo hay que decirlo y lo cierto es que hubo abusos, y es que los humanos tendemos a abusar de todo, de lo bueno y de lo malo, es como una tendencia que tenemos a emplear negativamente incluso cosas que en sí mismas son algo bueno. La autoridad es ejemplo de ello. La autoridad es necesaria para dirigir, es esencialmente una facultad de dirección, de administración, de formación, de gobierno. Sin autoridad, sin quien dirija, todo se resolvería en el mero caos de las individualidades, entregadas cada una de ellas a la satisfacción sorda de su capricho. No habría proyecto común, ni finalidad, ni dirección, ni sentido.

Eso por un lado, pero por otro resulta que también la autoridad se corrompe, se ejerce de mala forma, se pasa de la autoridad al autoritarismo y es allí donde pierde su sentido y su razón de ser. Todo el motivo de la existencia y legitimidad de la autoridad radica en su servicio al bien del sujeto sobre quien se ejerce. Si se pierde ese norte la autoridad deja de ser tal y se transforma en cualquier otra cosa. En una caricatura. Somos grandes caricaturistas. 

De manera que se está ante dos abismos, de un lado la ausencia de autoridad que genera el caos del capricho y la ausencia de norte. De otro lado la autoridad vuelta autoritarismo que se ejerce ajena al bien del subordinado y en forma tiránica y abusiva.

Y en medio de esos extremos se ubica serena la autoridad verdadera, la que sabe combinar, como dijo el poeta, el amor y el control. Se trata de un amor controlado y de un control amoroso o más bien enamorado, ya que quien ejerce la autoridad se mueve por el bien de los sujetos a su cargo y por tanto se puede decir en propiedad que los ama, siendo el amor la tendencia a buscar el bien del amado. 

Pero resulta que estamos viviendo épocas de gran rechazo a la autoridad, y pareciera que no solo a la autoridad que es autoritarismo y abuso, sino incluso a la autoridad que es control amoroso y paterna vigilancia. De un tiempo a esta parte se ha instaurado por doquier todo un discurso libertino (porque no es de libertad sino de su corrupción específica) que endiosa un concepto errado de libertad, un discurso de pseudo-liberación, de pretendida autonomía, que seduce a las masas incautas y poco hábiles para las sutilezas narrativas de los hacedores de opinión. Y que termina por romper todo dique de decencia, de pudor, de sencillez, de humildad, de sacrificio, entre otras nobles virtudes que nuestros mayores tuvieron en gran estima (independientemente de que en ocasiones no fueran fieles a ello). El resultado es esa hecatombe moral que cunde hoy omnipresente a nuestro alrededor, que se ve en las familias, en las calles, en los espectáculos, en el cine, en la escuela, en la política, en las leyes, en todas partes.

De manera palpable se percibe esto en la labor formativa de las nuevas generaciones. Adolescentes contestatarios, al parecer nacidos para oponerse a todo por el mero gusto de hacerlo, sordos a toda voz de autoridad, deseosos de aparecer como atrevidos 'pensadores' de vanguardia solo por repetir con orgullo ciego los tópicos de algún discurso dominante, el que sea. Hacen difícil la labor de su educación, y aunque sabemos que en el proceso educativo el educando lleva la parte activa, no por ello es menos cierto el rol central que ejerce el formador, el padre, el docente, y sabemos también que para ejercer con eficacia dicho rol debe contar con un mínimo de condiciones "ambientales", entre las cuales ocupa un lugar de no poco valor la autoridad. 

Hablamos claro está de esa autoridad que no es deseo de dominio sino convicción de servicio a una causa noble: la formación de una persona. Esa autoridad que no se ejerce con despotismo, sino con amoroso anhelo por el perfeccionamiento integral del sujeto. Esa autoridad que no ve en el subordinado el lugar de mis caprichos, sino la pieza de mármol llamada a dar lugar a una preciosa obra de arte: el hombre y la mujer plenos.

Si la sociedad actual con las narrativas instaladas en su seno continua inconsciente su labor de destrucción de la autoridad, nos tememos que el futuro de las próximas generaciones no será halagüeño y que ese caos del que arriba hablábamos y que ya se insinúa en los acontecimientos de que hoy somos testigos, será el porvenir que le espera a nuestros hijos y nietos.


Leonardo Rodríguez