martes, 11 de julio de 2017

Libros para descargar (por poco tiempo)




viernes, 7 de julio de 2017

Un pésimo argumento contra el catolicismo

A la iglesia se le puede atacar de muchas maneras, tantas cuantas tesis teológicas y principios filosóficos componen su doctrina y su cosmovisión. Asimismo se puede argumentar contra sus enseñanzas morales en la medida en que se desprenden igualmente de principios metafísicos y antropológicos sujetos a crítica racional.

Por otra parte también pueden los oponentes del catolicismo recurrir a la historia y tratar de ver si el catolicismo ha sido perjudicial para la humanidad o si ha aportado elementos valiosos y positivos al ser humano y a la sociedad.

Todas estas formas han sido utilizadas por los anticatólicos de todos los tiempos y de todas las latitudes, y sus argumentaciones han sido cumplidamente respondidas por los católicos, pues nunca han faltado en la iglesia mentes lúcidas capaces de salir en defensa del honor de su madre ofendida. 

Cada época ha renovado los ataques y en cada época la iglesia ha ido asistiendo impávida al funeral de sus enemigos.

Ahora bien, de entre todas las formas posibles de atacar a la iglesia hay una que es particularmente mediocre, aquella que consiste en señalar los malos ejemplos morales de católicos que incumplen con sus deberes de tales.

Hoy son casi pan de cada día los escándalos morales de miembros del clero, desde los curas homosexuales, pederastas o con familia y una doble vida, pasando por los que se ven envueltos en líos de dinero y corrupción económica en general. De estos casos echan mano los anticatólicos para publicarlos con gran aspaviento y concluir que el catolicismo es dañino para la sociedad. Cada vez que algún miembro del clero es sorprendido en alguna conducta inmoral, los enemigos de siempre se lanzan sobre el caso como verdaderas aves de rapiña, con perdón de las aves, y casi con placer pregonan triunfantes la supuesta 'maldad' de la iglesia.

Varias cosas pasan por alto estos personajes:

1) Que malos miembros hay en todas las instituciones, miembros que incumplen los principios de dicha institución y van en contravía de sus enseñanzas. Según esto habría que condenar a todas las instituciones habidas y por haber.

2) Que precisamente los miembros que se alejan del catolicismo en su conducta NO LO REPRESENTAN, es obvio. Y si no lo representan, ¿cómo es que son usados para criticar al catolicismo?

3)  Que así como hay personajes inmorales dentro de la iglesia también hay santos, bastaría con tomar cualquier libro de vidas de santos para conocer un poco de la vida maravillosa que han llevado miles y miles de mujeres, niños, adultos, y ancianos. ¿Por qué se ignoran esos casos y se exaltan los malos? La respuesta es clara: hay una intención de hacer daño, más allá de un interés por la objetividad.

4) Que por este camino la mayoría de las veces lo que dejan claro es su incapacidad para argumentar contra el catolicismo de una forma más elevada. Por lo general el anticatólico culto no recurre a esas estratagemas "argumentativas", sino que se enfoca en aspectos de hondo calado teológico o filosófico. Pero ese es un camino para pocos, pues requiere estudio y disciplina.


En fin...

La mediocridad hoy se posesiona hasta de la forma de atacar al catolicismo. Ante los anticatólicos de hoy uno siente casi que nostalgia por los de ayer, tenían más nivel.


Leonardo Rodríguez


jueves, 6 de julio de 2017

Los tolerantes

La tolerancia es una de esas palabras que arrastran tras de sí un prestigio tan grande, que poco importa que no se sepa su significado, pues basta con el impacto emocional que provoca para garantizar el éxito de todo discurso que apele a ella para ganar adeptos. Y por otro lado basta también con acusar a nuestro contrincante de 'intolerante' para, sin necesidad de argumentar, asegurar nuestra victoria por medio del recurso a las pasiones del auditorio.

Así las cosas la 'tolerancia' viene a ser algo así como un diploma de racionalidad, de madurez, de sentido común y modernidad. Todo aquél que se proclame tolerante será visto de inmediato con buenos ojos y ganará aceptación y audiencia. Y por el contrario, todo aquél que deba cargar sobre sus espaldas con la acusación de intolerancia, deberá resignarse al aislamiento social, a la burla, al insulto, al desprecio y al ostracismo. Tal es la fuerza de la carga emocional que algunas palabras tienen hoy día.

Pero, ¿qué es la tolerancia? Para los modernos la tolerancia es la virtud suprema, la suprema garantía de cordura, madurez y racionalidad. Sin ella el hombre es poco menos que una bestia irracional, fanático, potencial psicópata y antisocial, merecedor del rechazo y la condena social. 

No obstante en este asunto como en otros hemos sufrido sin percatarnos de un proceso de desplazamiento semántico, es decir, un proceso de metamorfosis del significado de una palabra, de tal manera que, dejando la palabra materialmente igual, su sentido ha sido transformado para significar lo que nunca significó.

Porque lo cierto es que la tolerancia no es ni mucho menos una virtud, algo bueno y que mejore o produzca de alguna manera un crecimiento del valor de una persona. Lo anterior porque la tolerancia es la permisión de un mal en vista de la conservación de un bien. Esto sucede cada vez que la eliminación de un mal podría producir al mismo tiempo la eliminación de un bien o su disminución considerable. Como cuando en el evangelio Jesús hablaba del dueño de la cosecha que manda dejar crecer la maleza junto con las plantas buenas, no vaya a ser que al arrancar la maleza se arranquen también algunas buenas yerbas. De manera que se reconoce que la maleza es algo malo, un mal, pero al mismo tiempo se permite que exista no en consideración a ella misma, sino en consideración y por el bienestar de las buenas semillas.

Eso es la tolerancia, no una virtud, sino un mecanismo de protección de un bien que no se quiere lastimar. En este orden de cosas el mal se reconoce como tal, las sociedades saben lo que está mal y lo condenan, PERO lo dejan subsistir en aquellos casos en los que eliminarlo afectaría un bien.

Un ejemplo sencillo de esto eran las antiguas 'casas de tolerancia' que las autoridades permitían instalarse a las afueras de los pueblos. Eran burdeles. Eran evidentemente un mal moral, y así eran vistas y reconocidas. Pero la autoridad no las reprimía sino que las regulaba y las ubicaba en un sitio específico. Obrando así a causa de que su total prohibición provocaría que dicha actividad se comenzara a realizar en la clandestinidad, lo que impediría que las autoridades mantuvieran el control.

Pero todo esto NADA tiene que ver con la tolerancia de los TOLERANTES modernos. La tolerancia moderna pretende que se llame bien al mal y mal al bien, pretende una COMPLETA TRANSFORMACIÓN DE LOS PRINCIPIOS Y DE LOS VALORES DE LA CULTURA OCCIDENTAL.

De manera que ya no se trata para los modernos de soportar un MAL con vista en la protección de un bien, sino de PROMOCIONAR, ALENTAR, FELICITAR, ANIMAR, PROTEGER, etc, conductas que son objetivamente males, obligando a todos a aceptar que el MAL no existe, y que lo importante es la glorificación de la 'libertad' individual.

Por ejemplo la conducta homosexual. Siempre han habido homosexuales, y se les toleraba, no se les perseguía a muerte ni mucho menos, AUNQUE SE RECONOCÍA QUE LA CONDUCTA HOMOSEXUAL ERA INTRÍNSECAMENTE MALA. Pero en vista de la conservación de la paz social y de la posibilidad de que dichas personas cambiaran su estilo de vida con el tiempo, SE LES TOLERABA.

Hoy los tolerantes han cambiado todo y le piden a la sociedad no solo la aceptación, en vista de algún bien, de la homosexualidad, sino que se pide, se exige y se lucha en todas partes por que la conducta homosexual sea vista como una entre tantas, todas igualmente aceptables, valiosas, buenas, etc.

La tolerancia moderna quiere llamar bien al mal y mal al bien.

Y digo que quiere llamar mal al bien porque en su afán de metamorfosis de los valores llegan al extremo de pedir (está sucediendo ya en muchas partes del mundo) la condenación de la doctrina católica por considerarla 'intolerante' y fuente de intolerancia. De manera que el bien quieren llamar mal y al mal bien. 

Por eso la tolerancia moderna de la que tanto nos hablan ya nada tiene que ver con el sentido original de la palabra tolerancia, esta ha sido secuestrada por un particular movimiento ideológico que busca la transformación de la sociedad en el paraíso del nihilismo relativista y hedonista.

Somos tolerantes en el sentido clásico del término. Pero imposible serlo en el sentido moderno, porque ello implica el abandono del orden real de las cosas, donde lo que es bueno es llamado bueno y lo que es malo, malo.

Y por si fuera poco, estos amigos de la moderna tolerancia desatan una persecución desmedida contra sus críticos, contra los defensores de la familia, de la vida, de la fe, etc. Pues paradójicamente los defensores de la 'tolerancia' terminan convirtiéndose en los más intolerantes de todos, no soportan ni el más mínimo atisbo de contradicción a sus ideas y planes sobre la sociedad. 

Por lo tanto tolerantes sí, pero tolerantes clásicos. 


Leonardo Rodríguez


martes, 4 de julio de 2017

El indiferentismo como mal de la inteligencia

Al hombre moderno lo aquejan varios males, espirituales y materiales. Los materiales son los más visibles (guerras, hambre, muerte, enfermedad, pobreza, y un largo etcétera), pero a pesar de ser los más visibles no son los más graves, si tenemos en cuenta que el espíritu es más valioso ontológicamente hablando que la carne.

Los más graves, en una mirada católica de la vida, son los males espirituales. Y digo que en una mirada católica de la vida porque en verdad solo la espiritualidad y la cosmovisión católica de la vida enseña al hombre que lo material es pasajero, que este mundo que tanto nos fascina acaba pronto con la muerte y atrás quedarán todas las vanidades por las que suspirábamos tontamente.

De manera que no es que lo material sea malo, como dirían los maniqueos de todo tiempo, sino que es pasajero y engañoso, y la verdadera tarea del hombre es el cultivo de su alma, medio único con el cual asegurar la verdadera salud del hombre.

Desde esta perspectiva los errores del espíritu cobran una importancia tremenda, porque se convierten en los errores más dañinos y más destructivos. Y dado que eso que llamamos espíritu viene siendo a fin de cuentas el conjunto de vida formado por la inteligencia y la voluntad, en su tendencia hacia la verdad y el bien respectivamente; los errores del espíritu vienen a ser las enfermedades que puedan aquejar a la inteligencia, es decir errores. Y las enfermedades que puedan aquejar a la voluntad, es decir vicios.

Ahora bien, errores que pueden afectar a la inteligencia hay por miles, dado que todo juicio errado acerca de la realidad es de cierta forma un mal de la inteligencia que está hecha para la comprensión de lo real. Como por ejemplo si alguien se equivocara al enunciar la capital de Alemania o la fórmula química del agua. Lo que pasa es que este tipo de errores, con todo y ser errores, no son tan graves que digamos ya que sus consecuencias son pequeñas y además son fácilmente reparables, se puede salir de ese error con solo repasar nuevamente la lección y estar un poco más atento a la próxima.

Pero hay algunos errores que podríamos llamar genéricos, que ya no se refieren a alguna verdad particular, sino que dan nacimiento a toda una cascada de errores que afectan a la vida del hombre, podríamos enumerar algunos como ejemplo: nominalismo, hedonismo, relativismo, escepticismo, agnosticismo, etc.

Pues bien, entre esos errores genéricos que afectan ya no a una verdad particular y nos hacen equivocarnos acerca de dicha verdad, sino que afectan a toda la visión del hombre sobre lo real, hay uno del que poco se habla actualmente: el indiferentismo.

El indiferentismo es fruto del relativismo, es como su consecuencia natural. Al igual que el relativismo también el indiferentismo nace de una debilidad de la inteligencia, que llega a ser incapaz de captar la verdad de las cosas, la realidad, y se hace entonces incapaz de poner cada cosa en su lugar. El indiferentismo es la actitud de aquellos a quienes todo les da lo mismo, todo les parece de igual valor, toda opinión les parece valiosa, toda iglesia les parece igual de aceptable, toda creencia es para ellos igualmente buena.

Se dice entonces que miran estas cosas con 'indiferencia', es decir, no diferencian entre opiniones, iglesias, credos religiosos, posturas, corrientes, idearios, etc. Ya que todo lo meten en un mismo saco y juzgan ser todo igualmente bueno, valioso y aceptable.

A primera vista parece una actitud madura y prudente. Ya que dado que nos equivocamos tan fácilmente pareciera que lo mejor es mantener una actitud de reserva y no comprometernos con ninguna postura por sobre las demás, quedando así a salvo de equivocaciones. El punto es que se trata de una moneda de dos caras, como toda moneda, y si por un lado evitan errores, también terminan evitando aciertos. En otras palabras, el indiferente o indiferentista se aleja del error con su actitud de no pronunciarse sobre nada con firmeza, pero al mismo tiempo se aleja de la verdad, que es la vida de la inteligencia.

El indiferentismo tiene varias fuentes o causas. Por un lado a nivel filosófico proviene de una mala comprensión de lo que es la inteligencia humana. Por lo general hay detrás un empirismo radical que no reconoce la especificidad de la inteligencia y la identifican con la actividad de los sentidos y en últimas del cerebro. Y por este camino se borra de su paisaje mental toda concepción de la inteligencia como facultad de conocimiento, quedando el individuo reducido a su actividad sensorial y cerebral en procura de la adaptación al medio y la supervivencia.

Por ese camino reduccionista y materialista está claro que no queda lugar para debates acerca de la verdad de esta o aquella doctrina religiosa, moral, teológica o filosófica. Todo eso quedará dejado al libre arbitrio de cada quien, al parecer individual, al capricho de cada persona o, en últimas, a lo que el gobierno permita o prohíba con sus leyes.

Por el lado de la voluntad hay también una debilidad a la hora de seguir el verdadero bien humano. Son voluntades doblegadas por los vicios, en especial vicios de la carne. Y una personalidad esclava de los vicios se hace ciega para la comprensión de las verdades abstractas, que son precisamente las de la ética, la filosofía, la teología, la religión, etc. De manera que entonces también por ese lado la persona pierde interés por esos debates y acaba tomando el camino fácil: todo vale lo mismo, todo da lo mismo.

Ese es el indiferentismo, una enfermedad de la inteligencia, fruto del relativismo y de los vicios.

Es uno de los males del hombre actual, produce un cierto cansancio de la inteligencia. Llega uno a encontrar personas tan atrapadas ya por el indiferentismo que la misma idea de sostener una conversación sobre temas 'polémicos' les aburre, les deja indiferentes. Están dedicados a 'vivir la vida', y los debates 'vacíos' se los dejan a los que se quieran interesar en esas cosas, ellos tienen cosas más 'importantes' que hacer.

¿Cuál es el antídoto contra el indiferentismo? El amor por la verdad, el estudio de las sanas doctrinas, la defensa de la inteligencia.

Si no tomamos esto en serio tarde o temprano, por cansancio o por contagio, podríamos terminar también nosotros haciendo parte de la masa de indiferentistas.


Leonardo Rodríguez

lunes, 3 de julio de 2017

El hombre mediocre. (Ernesto Hello)


“Al mediocre le agradan los escritores que no dicen ni sí ni no, sobre ningún tema, que nada afirman y que tratan con respeto todas las opiniones contradictorias.

Toda afirmación les parece insolente, pues excluye la proposición contraria. Pero si alguien es un poco amigo y un poco enemigo de todas las cosas, el mediocre lo considerará sabio y reservado, admirará su delicadeza de pensamiento y elogiará el talento de las transiciones y de los matices.

Para escapar a la censura de intolerante, hecha por el mediocre a todos los que piensan sólidamente, sería necesario refugiarse en la duda absoluta; y aún en tal caso, sería preciso no llamar a la duda por su nombre. Es necesario formularla en términos de opinión modesta, que reserva los derechos de la opinión opuesta, toma aires de decir alguna cosa y no dice nada. Es preciso añadir a cada frase una perífrasis azucarada: “parece que”, “osaría decir que”, “si es lícito expresarse así”.

Al activista de la mediocridad le queda al actuar una preocupación: es el miedo a comprometerse. Así, expresa algunos pensamientos robados a Perogrullo (”Monsieur de la Palisse”, en el original francés), con la reserva, la timidez y la prudencia de un hombre receloso de que sus palabras, por demás osadas, estremezcan al mundo.

Al juzgar un libro, la primera palabra de un hombre mediocre se refiere siempre a un pormenor, habitualmente un pormenor de estilo. “Está bien escrito”, dice él, cuando el estilo es corriente, incoloro, tímido. “Está mal escrito”, afirma él, cuando la vida circula en una obra, cuando el autor va creando para sí un lenguaje a medida que habla, cuando expresa sus pensamientos con ese desembarazo osado que es la franqueza de un escritor.

El mediocre detesta los libros que obligan a reflexionar. Le agradan los libros parecidos a todos los otros, los que se ajustan a sus hábitos, que no hacen romper su molde, que caben en su ambiente, que los conoce de memoria antes de haberlos leído, porque tales libros se parecen a todos los otros que él leyó desde que aprendió a leer.

El hombre mediocre dice que hay algo de bueno y de malo en todas las cosas, que es preciso no ser absoluto en su juicio, etc.

Si alguien afirma categóricamente la verdad, el mediocre lo acusará de exceso de confianza en sí mismo. Él, que tiene tanto orgullo, no sabe qué es el orgullo. Es modesto y orgulloso, dócil frente a Marx y rebelde contra la Iglesia. Su lema es el grito de Joab: “Soy audaz solamente contra Dios”.

El mediocre, en su temor de las cosas superiores, afirma amar ante todo el sentido común; sin embargo no sabe qué es el sentido común. Pues por esas palabras entiende la negación de todo cuanto es grande.

El hombre inteligente eleva su frente para admirar y para adorar; el mediocre eleva la frente para bromear; le parece ridículo todo lo que está encima de él, y el infinito le parece el vacío”.

jueves, 22 de junio de 2017

¿Grandeza o hinchazón?

Uno de mis libros favoritos es el 'Kempis agustiniano', que es una recopilación muy juiciosa de extractos de las obras del gran san Agustín de Hipona, hecha por Antonino Tonna-Barthet, sacerdote de la comunidad religiosa agustiniana, precisamente.

El autor de la compilación ha realizado un trabajo inmenso de selección y organización de pasajes agustinianos y los ha ordenado por temas, de manera que para cada aspecto de la vida espiritual ha seleccionado una serie de textos de san Agustín. Se convierte el libro entonces en un arsenal de ideas sobre la vida espiritual, convenientemente organizados para que el lector se alimente de esa fuente de sapiencia que fue la mente del gran doctor de Hipona.

Precisamente leyendo hace poco un capítulo titulado 'Falsa grandeza de la soberbia', me ha llamado la atención un pasaje en el cual el santo doctor afirma lo siguiente:

Hinchado por la soberbia, esta misma hinchazón le estorbaba para volver por la estrechura. Quien, en efecto, se hizo por nosotros camino, clama: Entrad por la puerta estrecha. Hace conatos para entrar, mas la hinchazón se lo impide; y cuanto más la hinchazón se lo impide, tanto más perjudiciales le resultan los esfuerzos. Porque, para un hinchado, la estrechura es un tormento, que contribuye a hincharle más; y si aún aumenta de volumen, ¿cómo ha de poder entrar? Tiene, pues, que deshincharse. ¿Cómo? Tomando el medicamento de la humildad; que beba esta pócima amarga, pero saludable, la pócima de la humillación. ¿Por qué tratar de encogerse? No se lo permite la masa; no grande, sino hinchada. Porque la magnitud o corpulencia es indicio de solidez, la hinchazón es inflamiento.


Como es evidente trata aquí el santo doctor acerca de la soberbia, y afirma que la soberbia no es grandeza sino hinchazón, es decir, estar lleno de nada, un cascarón vacío que parece grande porque está hinchado, como los globos de helio. Pero la soberbia es hinchazón sin verdadero peso, porque está vacía por dentro. Y dice el doctor que solo la verdadera grandeza tiene peso, incluso si no parece grande como la soberbia.

Según esto es mayor la grandeza de una humilde religiosa oculta al mundo que en algún hospital olvidado de África entrega su vida al cuidado de enfermos terminales, y muere desconocida de casi todos. Que la de algún soberbio empresario, exitoso en su mundo, conocido y admirado por todos, dueño de una gran fortuna y de muchos bienes, pero que ha olvidado la función de la riqueza y la razón de ser de su paso por este mundo. Lo uno es grandeza, lo otro es hinchazón. 

Y nos pasa a nosotros mismos, ¡cuántos de nosotros no somos grandes con grandeza de alma, sino hinchados de vacío!

Y como estamos hinchados de vacío, de viento, no somos pesados y nos mueven todos los vientos del mundo. Vamos tras las modas, queremos seguir las últimas opiniones para 'encajar', para no ser rechazados de los círculos 'sociales'. Nuestra hinchazón nos hace parecer grandes, pero no tenemos verdadero peso, no estamos firmes en la fe y en la verdad de las cosas, y engañados por nuestra aparente grandeza vamos dando tumbos de lado a lado, de aquí para allá según el ritmo de las ideologías de moda. Nuestros ideales son los del momento, los que nos digan los medios, los que nos marque la 'opinión pública'.

Esa es la diferencia entre hinchazón y grandeza. La grandeza ha de ser ante todo una grandeza del alma, por medio de la fe, la gracia y las virtudes. El resto es paja. Esa es la verdadera grandeza, la verdadera nobleza, la que nos permitirá permanecer de pie con nuestros principios intactos en medio de un mundo que cambia y se derrumba. Incluso un pensador colombiano, Nicolás Gómez Dávila, intuyó esto a la perfección cuando en una de sus frases inspiradas escribió: aristócrata es todo aquél que tiene vida interior, cualquiera sea su rango o su fortuna.

Esa es la aristocracia, la grandeza y la nobleza verdaderas, las que importan. El resto puede llegar o no, y si llega cuidémonos mucho de que no se convierta en hinchazón.

Leonardo Rodríguez


viernes, 9 de junio de 2017

Los librepensadores

Hace algunos días en medio de una conversación informal con uno de esos personajes devotos de las ideas de 'izquierda' (hoy se dividen en izquierda y derecha los partidarios de ideas que para un católico son sencillamente liberales todas), autodeclarado socialista, ateo, etc., se enorgullecía de ser un librepensador, al paso que los demás, todo el que no comulgara con sus ideas, tenían de una u otra forma cautivo su pensamiento, encadenado, impedido.

La expresión 'librepensador' se popularizó en los círculos revolucionarios del siglo XVIII y se consolidó durante el siglo XIX a causa de los triunfos que el liberalismo cosechó por todas partes y en todos los frentes de batalla: político, religioso, moral. En un principio significaba que el 'librepensador' era una persona que, libre de los errores de la teología y de la religión, ejercitaba su pensamiento con libertad y con ello haría avanzar inimaginablemente a las ciencias y a la sociedad en general. Era el mito del progreso indefinido, según el cual la humanidad entraba en una época de avances generalizados en la cual se lograrían grandes cuotas de felicidad para todos y de progreso ilimitado.

Detrás de ese discurso tan atractivo se escondía el deseo de liberarse de los frenos morales que la influencia del catolicismo había extendido en la sociedad. Porque a decir verdad nada en la doctrina católica se oponía al avance de las ciencias y de la técnica, ni una sola de las enseñanzas del catolicismo puede ser esgrimida como ejemplo de doctrina opuesta al progreso científico. Todo lo contrario, durante la Edad Media fue precisamente la iglesia la encargada de fundar innumerables universidades por todos los países europeos, universidades que aún hoy perviven y son de las más prestigiosas a nivel mundial. 

Y si revisamos a los grandes filósofos y teólogos medievales, como un santo Tomás de Aquino por ejemplo, encontraremos una devoción inquebrantable por el poder de la razón humana y un deseo de ciencia que es la marca específica de su huella en la historia.

Por lo tanto el discurso de los 'librepensadores' del XVIII no era sino fruto de un prejuicio hacia el universo católico, a la vez que una excusa para romper ciertos diques morales que les resultaban insoportables a los 'vanguardistas' de aquella época.

Pero obviamente nada de esto es conocido para el personaje 'izquierdista', 'socialista', 'ateo', 'librepensador', que mencionaba más arriba. Al él proclamarse librepensador quería decir sencillamente que pensar libremente, según él, es tener ideas de eso que hoy llaman izquierda. Todos los demás no piensan libremente, solo ellos.

Curiosa forma de definir lo que es el pensamiento libre, o el librepensamiento.

El pensamiento, entendido como ejercicio de la facultad intelectiva, como ejercicio de la inteligencia, es la actividad por medio de la cual conocemos la realidad, toda la realidad y a nosotros mismos como parte de lo real. De tal manera que cuando conocemos lo que las cosas son, estamos conociendo la verdad, puesto que verdad y realidad son desde cierto punto de vista una y la misma cosa: la verdad es la realidad en cuanto presente en la inteligencia en un juicio intelectivo del tipo 'S es P'.

Si esto es así, ¿qué viene siendo un pensamiento libre? La única forma de entender sanamente esa expresión es decir que el pensamiento libre es aquél que no encuentra obstáculos que le impidan la captación de lo real, de la verdad de lo real. De tal manera que entre mejores sean las condiciones para la captación de lo real, más libre se puede decir que sería ese pensamiento. 

Sin embargo, lo que vemos hoy en día es una tendencia a identificar el 'librepensamiento' con todo conjunto de ideas que se opongan a las propuestas antropológicas, morales, sociales o políticas que surgen de la cosmovisión católica de la vida. Así las cosas el solo hecho de oponerse a alguna de esas propuestas sería suficiente para graduar a alguien de 'librepensador'. Pero uno se pregunta de inmediato ¿y qué pasa si la cosmovisión católica de la vida, su antropología, su moral, sus tesis sociales y políticas, son las correctas? En dicho caso rechazarlas sería rechazar la realidad, la verdad de las cosas, y en ese caso no estaríamos ni por error ante un pensamiento libre, ya que hemos aclarado arriba que el pensamiento libre es el que mejor se amolda a la realidad.

Pero nada de esto le importa a nuestro ingenuo interlocutor, su preocupación no está en averiguar qué ideas son correctas y qué ideas no, cuáles se amoldan a lo real y cuáles no. Su preocupación está en ser un 'librepensaor', lo cual significa para él decir y opinar en todo contrariamente a lo que los pensadores católicos han pensado y opinado. Y eso es simplemente un prejuicio, un nudo en la razón, una ceguera voluntaria. Porque lo importante no es si esta o aquella idea la propone un pensador católico o no, sino si es cierta, es decir, si responde a la realidad de las cosas.

Nuestro moderno 'librepensador' nada de esto tiene en cuenta, nada de esto le interesa, él está cómodo en su burbuja de 'librepensamiento', y es un recluso que se cree libre, porque, como decía Gómez Dávila, se abstiene de palpar los muros de su calabozo.

Seamos librepensadores, pensemos la realidad sin ataduras, fieles a su voz que es la misma voz de su Hacedor. la voz de la realidad es la voz de Dios.


Leonardo Rodríguez



jueves, 8 de junio de 2017

El encanto de la masa

Es difícil sustraerse al placer y a la comodidad de ser aceptado. Los seres humanos, siendo seres sociales por naturaleza, queremos pertenecer a distintos grupos, desde la búsqueda de la aceptación de nuestra propia familia hasta la pertenencia a las diversas colectividades, grandes y pequeñas, que vamos encontrando a lo largo de nuestra vida. 

De manera especial esta tendencia se manifiesta a partir de la adolescencia con fuerza particular, y el adolescente siente entonces un deseo grande de ser recibido y aceptado dentro de su grupo de 'pares'. Incluso es tal la fuerza de esa tendencia que el adolescente puede ir en contra de las directrices de conducta recibidas en el hogar con tal de sentirse aceptado, de sentir que encaja en su grupo. Esta presión de grupo es la causa de buena parte de las problemáticas que aquejan a los jóvenes hoy, que asumen conductas de riesgo con tal de sentirse aceptados por sus 'pares'.

Pero no es ni mucho menos algo que ocurra en la adolescencia y quede atrás una vez alcanzada la edad adulta. También los adultos son muchas veces presa de esa tendencia a encajar en el grupo y modifican su comportamiento en función de ese objetivo. Aunque no solo su comportamiento, sino también sus ideas. O por decirlo de otra forma: puede el adulto asumir como propias ciertas ideas o cosmovisiones con tal de sentirse parte de un grupo, de encajar, de 'estar a la moda'.

Uno de los grupos más frecuentes a los que hoy se busca a toda costa pertenecer es el grupo de los 'modernos'. Más allá de los distintos significados que esa palabra pueda tener, lo cierto es que está rodeada de una especie de prestigio automático. De manera que el que logra ser considerado 'moderno' en su comportamiento o 'modernas' sus opiniones, tiene garantizada la aceptación social.

Todos buscan entonces la 'modernidad', el diploma de 'moderno', y huyen como de la peste de cualquier cosa que los pueda hacer ver como 'anticuados', 'antiguos', 'medievales', etc. 

Esto tiene, entre otros, el efecto de debilitar el ejercicio de la inteligencia, ya que muchas ideas y juicios de valor se asumen en forma acrítica, con el solo requisito de que se trate de algo que venga adornado con la etiqueta de 'moderno'. La inteligencia no entra en juego, sino que se limita a ser un espectador pasivo, impotente ante la fuerza de esa etiqueta 'todopoderosa'. Ya no se trata de saber si algo es verdad, sino si es moderno.

Y entonces se cae en la conducta de masa, que es precisamente aquél patrón de conducta caracterizado por el hecho de que la persona se diluye en el grupo, en la masa social, y busca identificarse con sus gustos, preferencias, ideas, actitudes, odios y amores. El individuo desaparece, se adormila la inteligencia, se atonta la voluntad y el resultado es algo muy parecido a un desfile de zombis. Ni más ni menos.

Se ve a diario en toda clase de contextos. Se ve al abordar temas 'polémicos', no hay profundidad en la argumentación sino solo una profusa utilización de etiquetas con las cuales se busca apabullar al otro, no intercambiar ideas. Se ve cuando ante ciertos temas como el aborto o el mal llamado matrimonio homosexual, quien se opone a ello es de inmediato objeto de una andanada de apelativos tales como fascista, nazi, integrista, extremista, homofóbico, etc. Son etiquetas efectistas, pero no conceptos que le hablen a la inteligencia y favorezcan el diálogo socrático, ni ningún tipo de diálogo a decir verdad.

¿Qué hacer? Es todo un universo el que hay que reconstruir. La tarea es amplia y hay que empezar por nosotros mismos, que no pocas veces caemos también en el pensamiento masificado, en la etiqueta fácil y en la renuncia a la elegancia del argumento.

Es todo un universo de ideas y de hábitos el que hay que reconstruir. Falta saber si tendremos el tiempo suficiente para al menos echar las bases sobre las cuales otros más idóneos que nosotros puedan edificar lo que la revolución lleva cinco siglos destruyendo.


Leonardo Rodríguez


miércoles, 7 de junio de 2017

A los jóvenes los pierde la ausencia de autoridad

¡Qué difícil resulta educar hoy día! Y no que antes fuera fácil, pero había un contexto, por decirlo de alguna manera, que favorecía la labor educativa. Con contexto nos referimos a ciertos hábitos familiares y culturales que daban cabida al ejercicio de la autoridad en los ámbitos educativos por excelencia: el hogar y la escuela. De eso hoy queda más bien poco, si es que algo queda.

Todo hay que decirlo y lo cierto es que hubo abusos, y es que los humanos tendemos a abusar de todo, de lo bueno y de lo malo, es como una tendencia que tenemos a emplear negativamente incluso cosas que en sí mismas son algo bueno. La autoridad es ejemplo de ello. La autoridad es necesaria para dirigir, es esencialmente una facultad de dirección, de administración, de formación, de gobierno. Sin autoridad, sin quien dirija, todo se resolvería en el mero caos de las individualidades, entregadas cada una de ellas a la satisfacción sorda de su capricho. No habría proyecto común, ni finalidad, ni dirección, ni sentido.

Eso por un lado, pero por otro resulta que también la autoridad se corrompe, se ejerce de mala forma, se pasa de la autoridad al autoritarismo y es allí donde pierde su sentido y su razón de ser. Todo el motivo de la existencia y legitimidad de la autoridad radica en su servicio al bien del sujeto sobre quien se ejerce. Si se pierde ese norte la autoridad deja de ser tal y se transforma en cualquier otra cosa. En una caricatura. Somos grandes caricaturistas. 

De manera que se está ante dos abismos, de un lado la ausencia de autoridad que genera el caos del capricho y la ausencia de norte. De otro lado la autoridad vuelta autoritarismo que se ejerce ajena al bien del subordinado y en forma tiránica y abusiva.

Y en medio de esos extremos se ubica serena la autoridad verdadera, la que sabe combinar, como dijo el poeta, el amor y el control. Se trata de un amor controlado y de un control amoroso o más bien enamorado, ya que quien ejerce la autoridad se mueve por el bien de los sujetos a su cargo y por tanto se puede decir en propiedad que los ama, siendo el amor la tendencia a buscar el bien del amado. 

Pero resulta que estamos viviendo épocas de gran rechazo a la autoridad, y pareciera que no solo a la autoridad que es autoritarismo y abuso, sino incluso a la autoridad que es control amoroso y paterna vigilancia. De un tiempo a esta parte se ha instaurado por doquier todo un discurso libertino (porque no es de libertad sino de su corrupción específica) que endiosa un concepto errado de libertad, un discurso de pseudo-liberación, de pretendida autonomía, que seduce a las masas incautas y poco hábiles para las sutilezas narrativas de los hacedores de opinión. Y que termina por romper todo dique de decencia, de pudor, de sencillez, de humildad, de sacrificio, entre otras nobles virtudes que nuestros mayores tuvieron en gran estima (independientemente de que en ocasiones no fueran fieles a ello). El resultado es esa hecatombe moral que cunde hoy omnipresente a nuestro alrededor, que se ve en las familias, en las calles, en los espectáculos, en el cine, en la escuela, en la política, en las leyes, en todas partes.

De manera palpable se percibe esto en la labor formativa de las nuevas generaciones. Adolescentes contestatarios, al parecer nacidos para oponerse a todo por el mero gusto de hacerlo, sordos a toda voz de autoridad, deseosos de aparecer como atrevidos 'pensadores' de vanguardia solo por repetir con orgullo ciego los tópicos de algún discurso dominante, el que sea. Hacen difícil la labor de su educación, y aunque sabemos que en el proceso educativo el educando lleva la parte activa, no por ello es menos cierto el rol central que ejerce el formador, el padre, el docente, y sabemos también que para ejercer con eficacia dicho rol debe contar con un mínimo de condiciones "ambientales", entre las cuales ocupa un lugar de no poco valor la autoridad. 

Hablamos claro está de esa autoridad que no es deseo de dominio sino convicción de servicio a una causa noble: la formación de una persona. Esa autoridad que no se ejerce con despotismo, sino con amoroso anhelo por el perfeccionamiento integral del sujeto. Esa autoridad que no ve en el subordinado el lugar de mis caprichos, sino la pieza de mármol llamada a dar lugar a una preciosa obra de arte: el hombre y la mujer plenos.

Si la sociedad actual con las narrativas instaladas en su seno continua inconsciente su labor de destrucción de la autoridad, nos tememos que el futuro de las próximas generaciones no será halagüeño y que ese caos del que arriba hablábamos y que ya se insinúa en los acontecimientos de que hoy somos testigos, será el porvenir que le espera a nuestros hijos y nietos.


Leonardo Rodríguez     


viernes, 2 de junio de 2017

Una visión demasiado estrecha sobre la educación

En días pasados se celebró a nivel nacional en todos los establecimientos educativos, públicos y privados, el 'Día E", día de la excelencia educativa. Dicha jornada forma parte de un conjunto de estrategias por medio de las cuales el Ministerio de Educación Nacional desde el año 2015 busca convertir a Colombia en 'la mejor educada'. 

¡Claro! Nos dicen que el Ministerio busca hacer de los colombianos los mejores educados (curiosamente no usan la palabra 'más') y de inmediato se nos despierta el interés por conocer más el asunto, ya que llevamos en altísima estima la educación de las personas. Creemos que la educación es el proceso de convertirse en persona, de llegar a la plena madurez y al completo desarrollo de las potencialidades del ser humano, al desenvolvimiento total de su naturaleza, y en últimas a la consecución de su felicidad por medio de la actualización de su esencia propia: llegar a ser lo que se es.

¡Gran decepción! Resulta que para el Ministerio ser los 'mejores' educados consiste en que nuestros niños y adolescentes obtengan puntajes altos en las pruebas de lenguaje y matemática, ¡plop!

Tal cual, el Ministerio tiene una visión absolutamente reducida y reduccionista de la educación, ese noble arte emparentado con la 'paideia' griega y con la 'humanitas' de los latinos. El Ministerio toma el concepto de educación, quizá uno de los más importantes conceptos de la experiencia humana, y lo reduce a puntuaciones en lenguaje y matemática. Y con esa propuesta anuncia a voz en cuello que logrará convertirnos en los 'mejor' educados. El Ministerio no sabe nada de educación, parece ignorar hasta lo básico. Es lamentable.


Los seres humanos venimos al mundo con innúmeras potencialidades de desarrollo que están llamadas a ir actualizándose a medida que la vida transcurre, y que al llegar a su pleno desarrollo darán como resultado, si el proceso se llevó a cabalidad, una obra de arte llamada persona humana: ser inteligente, autónomo, libre, trascendente, social, proactivo, etc. Lo cual implica el desarrollo y educación de las distintas áreas que componen su naturaleza: áreas cognitivas, volitivas, sensibles, motoras, sociales. En todas esas áreas la persona está llamada a desarrollar sus posibilidades para alcanzar su desarrollo pleno.

Lenguaje y matemática, con todo lo importante que son, son una parte solamente de una de las áreas que la persona debe desarrollar para cumplir a cabalidad su proceso educativo, el cual obviamente ni se identifica ni mucho menos se reduce a los años pasados en el colegio. Para ser exactos el lenguaje y la matemática forman parte de suyo de la esfera cognitiva, y dentro de esa esfera no lo son todo, puesto que allí forman parte de las ciencias o habilidades de conocimiento, fundamentales por supuesto, pero no únicas ni suficientes para dicha área, sino solo uno de sus componentes.

Para ponerlo en términos un poco gráficos, y a riesgo de exagerar un poco, habría que decir que puntuar alto en exámenes de lenguaje y matemática representa a lo mucho un cinco por ciento (puede que menos) de lo que es la educación de una persona, su proceso de convertirse en persona en plenitud.

De ahí que resulte tan descabellado el proyecto del Ministerio, por realizar una reducción dramática e injustificada del proceso educativo. Por ese camino estamos lejos de llegar a ser los 'mejor educados'. Mal que le pese al Ministerio.

¿Entonces no se debe estudiar lenguaje y matemática? ¡Por supuesto que no es ese el mensaje del presente escrito! Por el contrario, son importantísimos y todo lo que se pueda aprender en esas disciplinas jamás será suficiente, forman parte elemental de la cultura y sin ellas una persona está irremediablemente desnuda ante los retos de su construcción individual. Pero de ahí a afirmar que con ello basta y que esas habilidades resumen la función educativa hay un abismo, un abismo dramático al que el Ministerio parece haberse lanzado gustosamente y hacia el que parece empeñado en lanzar a la sociedad colombiana, o por lo menos a los chicos y chicas que actualmente están cursando primaria y bachillerato.

Gran tarea la que tienen por delante los padres de familia: arreglar desde casa las falencias del sistema 'educativo' actual. ¿Podrán hacerlo? ¿Con padres ocupados trabajando, ausentes de casa, es posible pensar en que se equilibren los fallos de la propuesta ministerial? Lo dudamos y es una duda que lacera un poco el alma.

¿Hacia dónde va la educación colombiana?


Leonardo Rodríguez   




miércoles, 31 de mayo de 2017

¿Una filosofía sin Dios?

Para el creyente que se dedica de manera “profesional” o por gusto personal a la filosofía resulta evidente la verdad de la siguiente afirmación: es imposible una filosofía sin Dios, o por lo menos sería un intento dramáticamente incompleto.
¿Por qué? Porque el creyente parte del reconocimiento de la existencia de Dios, y luego emprende el ejercicio de la filosofía como una manera de ir organizando en forma racional, es decir, atendiendo a las exigencias de la razón, dicha fe. Entonces todo lo ordena en torno de esa idea primera que tiene de Dios como fuente de todo lo real y como fundamento último de la inteligibilidad de todo.
Aunque también es frecuente el camino contrario, es decir, que muchos lleguen a la fe en Dios luego de un arduo caminar por los senderos de la investigación y de la reflexión filosófica. Los casos abundan de pensadores que después de pasar años dedicados a la filosofía han llegado finalmente a una sólida convicción en la existencia de un Ser superior creador de todo.
De manera que ya sea que se parta de la fe y se construya luego una reflexión filosófica, o se llegue a la fe luego de haber hecho filosofía, lo cierto es que Dios es en uno y otro caso el coronamiento del esfuerzo del pensamiento por ponerlo todo en orden y por llegar a una explicación última sobre lo existente, más allá de las revelaciones de las ciencias positivas, de laboratorio, las cuales no son aptas de suyo para dar respuestas sobre los temas que más importan al ser humano como el sentido de su vida, de dónde venimos, hacia dónde vamos, por qué existe el dolor, qué hay después de la muerte, etc.
No obstante lo anterior, han existido siempre, existen hoy y seguramente mañana también existirán, personas dedicadas a la filosofía que se declaran ateos o por lo menos agnósticos. Son ‘pensadores’ que construyen su ejercicio filosófico en abierto rechazo a la idea de Dios, de tal manera que intentan fundamentarlo todo de formas distintas a las comunes entre pensadores creyentes o teístas. La inteligibilidad última de lo real, el origen de todo, el sentido de la vida, los valores, la ética, el ordenamiento social, etc., todo buscan fundamentarlo de espaldas a la idea de Dios, que les parece un mito, una irracionalidad, vestigio de una época ya superada, una declaración de ignorancia y de fanatismo.
¿Qué pensar de este tipo de ‘filosofías’ y de este tipo de ‘filósofos’?
Resulta complejo dar una respuesta sencilla, por paradójico que ello pueda parecer. Ante todo hay que decir que cada persona filosofa desde una situación personal específica que en buena medida lo condiciona. Muchos ‘pensadores’ se desarrollan en ambientes tan hostiles a la creencia en Dios que sería un verdadero milagro que en esas circunstancias resultaran creyentes convencidos. Piénsese por ejemplo en muchos claustros universitarios actuales en los cuales los compromisos explícitos o larvados con ciertas corrientes ‘políticas’ generan un ambiente de rechazo a la idea de divinidad o de iglesia, y por ende condicionan a quienes allí adelantan sus estudios al punto de convertirse en productoras industriales de ateos.
Puede suceder también que aunque el ambiente quizá no sea de abierta hostilidad hacia el fenómeno religioso, sí ocurra que el estudioso sencillamente nunca se encuentre con buenos argumentos a favor de Dios, buenos autores, buenos textos, y todo lo que llegue a sus manos sea literatura, autores y corrientes contrarias a la creencia en la existencia de Dios. En este caso lo más normal es que una persona con esas influencias acabe naturalmente por engrosar las filas del ateísmo. Sencillamente nunca encontró razones para creer.
Y aún puede darse un tercer caso. Puede suceder que el estudiante de filosofía o el ya profesional haya encaminado su vida, su estilo de vida, en obediencia a principios morales relativistas o hedonistas, de tal manera que la idea de Dios sea para él una amenaza a su forma de vida. Estos no están dispuestos a cambiar de vida y la existencia de una divinidad les suena a amenaza. En estos casos todo su discurso en contra de la existencia de Dios no es más que una infantil pataleta que bien pudiera resumirse en la siguiente expresión: no quiero que existas porque estorbarías con tus leyes mi proyecto de vida.
Como quiera que sea, por las razones que sea, lo cierto es que estos construyen una ‘filosofía’ incompleta, porque les queda faltando nada menos que el fundamento, el fundamento último de lo real y la causa última de toda inteligibilidad actual y posible. Un edificio a medias, una casa sin techo ni columnas, solo paredes en el aire.
El gran compromiso de los pensadores creyentes está en presentar sus razones, en afilar sus argumentos, en no ocultar su fe, en ser atrevidos y hacer oír su voz. Porque muchas veces lo que estas personas necesitan es oír a algún atrevido que ponga en duda su cosmovisión atea, sembrándoles al menos un poco de duda e inquietud, si se logra eso y se les incita a investigar más el asunto, se les habrá puesto en el camino adecuado, ya que como solían decir los místicos de antaño: buscar a Dios es en cierta manera haberlo encontrado ya.
Hay que ser descaradamente católicos.
 
Leonardo Rodríguez
     
 

martes, 9 de mayo de 2017

Respuesta a un amable lector

Un amable lector nos ha escrito preguntándonos sobre las causas que produjeron el giro antropocéntrico del Renacimiento. Publicamos aquí la respuesta, aclarando que más adelante trataremos de retomar el asunto para darle una respuesta más elaborada.
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Estimado xxxxx.

Es siempre para mí un gusto recibir este tipo de correos, en medio del 'anonimato' de las pantallas de ordenador saber que del otro lado a alguien llega esa botellita cerrada que lanzamos al mar de Internet es en gran manera gratificante y por supuesto que nos anima a seguir en la briega.

Antes de intentar esbozar una respuesta a su justa pregunta me gustaría pedirle que cuando pueda me de su opinión sobre los textos que ha podido leer de mi autoría. Soy desde todo punto de vista un principiante y me alimento de los comentarios que voy recogiendo por aquí y por allá, para tratar de mejorar siempre un poco más y reducir así los defectos de lo que escribo, que sin duda son muchos.

En realidad es inexacto afirmar que en el Renacimiento se da ese cambio del teocentrismo al antropocentrismo como una cosa ya perfecta y acabada. Mucho más exacto es decir que se sientan unas bases y se lanzan unos gérmenes que andando el tiempo darían como resultado las distintas revoluciones que dieron al traste con el ordenamiento medieval: revolución luterana, cartesiana, iluminista, liberal, marxista, nihilista, etc. El Renacimiento sembró unas semillas que solo los siglos que vinieron después fueron haciendo germinar una detrás de la otra.

De tal manera que no hay que creer que el antropocentrismo quedó ya perfecto y dio todos sus frutos en esos dos siglos que los historiadores suelen adjudicar al Renacimiento, desde mediados del XIV, hasta casi el XVI. Porque aún era mucho lo que faltaba por decir, aún no había venido Lutero, ni la Enciclopedia, ni Nietzsche. Ellos fueron en gran medida sus hijos, sus continuadores, sus epígonos.

Ahora bien, ¿por qué el Renacimiento sembró esos gérmenes? Bueno, las razones fueron muchas, aunque más que razones hay que hablar de circunstancias. El edificio socio-político-religioso-cultural del medioevo se levantaba sobre una sinfonía de elementos dispares que se mantenían unidos porque todos ellos recibían la influencia de un mismo espíritu, como si dijéramos de una misma aspiración o tendencia de naturaleza espiritual: la fe católica. Y resulta que esta fe recibió una serie de golpes hacia fines de la Edad Media, siglos XIV y XV (precisamente): La cautividad del papado en Aviñón, los reformadores 'pre-luteranos' como Pedro Valdo, Juan Hus y John Wyclif, por nombrar solo algunos; los cambios sociales traídos por el advenimiento a escena de las ciudades y el declive del feudalismo, etc. Todos esos elementos, por nombrar solo los que se me vienen a la mente en este momento (pero que un historiador de oficio podría complementar con algunos otros), coadyuvaron para que la sacralidad de la fe y de la cosmovisión que dicha fe acarreaba fueran puestas en duda cada vez con menos pudor.

¿Y el arte? El arte jugó su papel también. Y no que los artistas fueran ateos anticatólicos, no, muchos de ellos fueron monjes incluso. Sino que más bien se difundió entre los artistas la idea de retomar los cánones de belleza del mundo antiguo grecorromano. ¿Por qué? No sabría decirte con exactitud cuál fue el origen de esa tendencia o quién fue el primero que decidió pintar o esculpir siguiendo algún modelo griego, creo que ningún historiador podría dar ese dato tan preciso. El punto es que hubo un primero, y un segundo y un tercero y la moda se regó como fuego en paja seca. Además, si los filósofos medievales habían usado a Aristóteles sin problema, como Tomás de Aquino, ¿por qué iba a estar mal pintar o esculpir como lo habían hecho también griegos y romanos? 

Y se difundió el arte según cánones antiguos, y en dichos cánones la figura central era el hombre, y el hombre en su más descarnada humanidad, el hombre como culmen de la naturaleza y como resumen y compendio de todo lo bello. 



Repito, todo esto no fueron sino gérmenes, pero gérmenes lo suficientemente osados como para que su vitalidad fuera dando frutos con el correr de los siglos que estaban por venir.


Quizá en otra oportunidad con algo más de tiempo disponible retome el asunto y te envíe, estimado XXXXX, una respuesta algo más elaborada. A veces las ocupaciones 'terrenales' nos apartan de la contemplación de las ideas; es la cuota que debemos pagar por vivir aún en este mundo corporal, en espera de la patria prometida si bien obramos.


Con afecto,


Leonardo Rodríguez